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lunes, 8 de junio de 2026

( ) SIN TÍTULO

Siempre me han fascinado las obras de arte en las que el autor, agotado por su proceso creativo y por la propia elaboración de la obra (imagino), decide no ponerles nombre, ni siquiera identificarlas con un simple número que nos evoque una fecha, una secuencia o una cantidad de realizaciones del propio artista.

Tampoco digo que sea necesario ponerle nombre a todo inmediatamente. Ayuda, eso sí, pero no lo creo imprescindible.

Antiguamente, en muchas culturas, los recién nacidos no eran “nominados” definitivamente hasta pasado un tiempo, con el fin práctico de ver si sobrevivían y, en caso de que no fuese así, de evitar haber tejido un lazo emocional que hiciese más difícil su pérdida. 

En cualquier caso, como necesitamos nombrar las cosas para entendernos entre nosotros, incluso a esos recién nacidos, por ejemplo en la China milenaria, se les asignaba un “nombre de leche”, una especie de diminutivo cariñoso que, además, alejaba a los malos espíritus (no siempre) y que, pasados 100 días, si el niño seguía vivo, daba paso a su nombre oficial.

Actualmente, los acontecimientos, la innovación, el cambio fulgurante, la prisa… nos llevan a la imposibilidad de señalar con certeza lo que sucede aunque en algún momento, a eso que sucede, a esa nueva realidad, alguien le hubiera puesto nombre y este hubiese sido aceptado por la generalidad. 

Y no es cuestión de semántica, al fin y al cabo, el significado se inserta en el significante, en la grafía, en el sonido y, de un modo natural, lo aceptamos. Pero yo me pregunto ¿de qué me sirve a mí la mayoría de las veces que un hecho, una emoción, un descubrimiento, un objeto… tengan un nombre impuesto si, en mi caso, observo, siento, me sorprendo… pero no sólo no identifico ninguna de esas cosas con dicho nombre, o ni siquiera recuerdo haberlo oído nunca o, yo mismo, las describo con otras palabras?

Cuando era pequeño tenía una cierta obsesión por el diccionario. Me sorprendía a mí mismo abriéndolo por cualquier letra y descubriendo que ciertas cosas que me pasaban tenían nombre y, a la vez, me preguntaba si algún día existiría un diccionario “inverso”, un lugar donde podría encontrar el nombre de aquello que en mi fuero interno sabía perfectamente lo que era o para que se utilizaba (por tanto “existía” para mí) pero no conocía, o quizá ya la había olvidado, la palabra que lo encapsulaba.

Tuvieron que pasar muchos años para que ese diccionario “al revés” estuviese a disposición de todos nosotros y creo que lo hemos llamado Inteligencia Artificial.

Y aquí llega la paradoja: resulta que la IA ha sido entrenada con todo (o casi todo) el conocimiento humano y, por supuesto, es capaz de “nominar” cualquier concepto abstracto anterior a sí misma con términos conocidos pero, ¡oh! no dispone de palabras “antiguas” (humanas) para definir exactamente los nuevos conceptos “sintéticos” que ella misma está creando. 

Y si no es capaz de poner en lenguaje “humano” comprensible esas nuevas “creaciones”  ¿tendrá algún interés en mostrárnoslas, en intentar que las entendamos, o preferirá preservarlas en un lenguaje matemático mínimamente accesible al común de los mortales? Incluso más ¿en qué medida, si ese concepto “sintético” es producto de una “alucinación” de la propia IA, su “traducción” y posterior elección de la palabra “humana” que le servirá para definirlo y servírnoslo en bandeja no nos provocará una indigestión?

Si todo esto puede pasar quizá para algunos sea mejor aferrarse al concepto filosófico de “lo que no se nombra no existe”, o al concepto neurocientífico de que nuestro cerebro se moldea con las palabras y cuando nombramos algo lo sacamos de la nada, por lo que si no lo podemos nombrar quedará atrapado para siempre en ella. 

Pero otros pensamos que las cosas existen aunque no podamos, no sepamos o no queramos nombrarlas. Y nos afectarán aunque ni siquiera intuyamos de dónde han salido y no recordemos el sonido “humano” exacto que las define.

No importa si la obra tiene “título”, no importa si el diccionario “inverso” no es capaz de escupir una palabra comprensible que atrape el significado de unos datos “sintéticos” entrelazados por un algoritmo también “sintético”, lo cierto es que, igual que sentimos sin comprender, amamos sin saber cómo y expresamos todo ello en silencio con un suspiro, una lágrima o una sonrisa, todo lo que viene nos acabará mojando los pies aunque estemos lejos de la orilla. 

Es la vida… hoy algo más “sintética” pero igual de real; y por mucho que al final de la novela que estamos protagonizando, el autor, nosotros, prefiera dejarla “Sin título”, lo cierto es que nunca nadie podrá negarnos haber existido.

Manuel Dafonte

Consejero Sénior

Escrito el 7 de junio de 2026 en La Coruña… sin IA.