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miércoles, 10 de diciembre de 2014

PIJOPOBRE

Aunque los tres botones en la chaqueta del traje han dejado de llevarse hace mucho tiempo él está convencido de que la moda siempre vuelve sobre sus pasos y que, muy pronto, seguro, serán tendencia de nuevo. 

¿Cuántos años habían pasado desde el día en qué entró en aquella tienda de la calle Serrano en donde había comprado en rebajas el Ermenegildo Zegna? Ya ni se acordaba, pero sí tenía muy claro lo que había pagado por él: sólo 700 €, la misma cantidad que hoy tiene para intentar llegar a fin de mes.

Por fortuna, en aquellos días de vino y rosas, la calidad de ciertas prendas era proporcional a su precio y es ahora cuando puede dar fe de ello. 

El cocodrilo apenas encuentra asidero en la fina tela en la que se ha convertido su polo blanco preferido, pero la sensación que le proporciona lucirlo en el pecho cada verano es mucho más importante para su moral que cualquier conclusión aventurada de un observador avezado que sea capaz de adivinar la precariedad en la que está instalado.

Es la tercera o cuarta vez que tiene que arreglar sus Castellanos, de los rotos y descosidos de sus 501 se puede empezar a adivinar que no son cuestión de moda, su gabardina Burberry’s lo delata, hace ya mucho que la marca prescindió de la “s” y, además, las gabardinas ahora se llaman trench.

Su corbata no puede apretarle más y, aún así, las rozaduras del cuello de sus camisas se empecinan en no permanecer escondidas.

Menos mal, piensa, que la ropa interior es eso, interior. La suya es una ilusión, un mero recuerdo de lo que fue, inútiles camisetas para atemperar el cuerpo en los días fríos de invierno, impresentables calzoncillos si tuviese la suerte de ligar o la mala suerte de tener un accidente.

Su Barbour raído más bien parece atacado por roedores a los que privase la grasa que lo recubre desde el último arreglo. Ya era viejo cuando él era joven. Juntos han estado en los lugares más remotos, juntos han superado retos increíbles. Hoy envejecen juntos (el Barbour parece que tiene más prisa que él).

Si alguien lo ve por ahí y, no se fija, no lo nota. Parece lo que él quiere parecer, pero sólo si la entrevista dura poco. En cuanto el reloj toca las campanadas de los cinco minutos algo falla. Incluso la calabaza desaparece.

Es un recuerdo de sí mismo, una fotografía en blanco y negro, mejor, el negativo de esa fotografía que un día lucía esplendorosa y que ahora fenece.

Juguetea con los gemelos de plata oscurecida y su memoria recuerda el tiempo de joyas, menús degustación y suites en países lejanos. Se imagina al volante de un deportivo, del suyo. Y en sus ojos de vista cansada, que todavía siguen utilizando unas gafas Ray-Ban que nunca tuvieron intención de montar lentes progresivas, se atreven a brotar unas absurdas gotas.

Todos los días, como si de una hermosa mujer se tratase, se deja seducir por la idea de volver a ser el de antes, de poder hacer las cosas que hacía antes y, sin excepción, todos los días la puñetera realidad le ata al palo mayor de la miseria para que sólo pueda escuchar, cual Odiseo, cantos de sirena que le están volviendo loco.

Parado ante la puerta giratoria del Hotel Palace, sabe que no puede permitirse tomar cafés de 10 € por muchas pastas que te pongan bajo la cúpula y por eso emprende la huida hacia el Starbucks de la esquina. Lo malo es que este último café también le está empezando a quedar grande.

La habitación del piso que comparte con gente a la que jamás reconocería en una rueda de reconocimiento o en el anatómico forense, se come la mitad de lo que gana en su trabajo de administrativo en la empresa de un amigo de toda la vida, la otra mitad se la come él en forma de viandas indigestas como el abono transporte y la factura del móvil, el único cordón umbilical que le ata a su familia: un padre ingresado a cientos de kilómetros en una residencia pública de ancianos, con un rostro acartonado que él casi ya no puede imaginar y un hijo que trabaja en un país de esos en los que todavía creen que los jóvenes pueden ser esclavos útiles.    

Cada tarde noche, haga el tiempo que haga, se calza sus zapatillas de deporte Nike y sale a pasear por el parque del Retiro. Andar es una de las cosas que ha descubierto hace poco, esas que siempre estuvieron ahí pero que, como eran gratis, él nunca consumió. Sin embargo ahora es su máximo placer, el único momento del día en que su mente no tiene que disimular y le ayuda a mirar hacia delante.


Rendido (ya no es un chaval), esa noche logra dormir con el estómago vacío imaginando el gran homenaje que al día siguiente se dará en el desayuno ante una humeante taza de chocolate y unos churros recién hechos en San Ginés, la famosa chocolatería de Madrid que se jacta de abrir 24 horas al día los 365 días del año y que también abrirá mañana, aunque mañana sea 25 de diciembre.

lunes, 24 de noviembre de 2014

CUENTA LA LEYENDA...

Cuenta la leyenda que un niño estaba en la playa construyendo un castillo de arena. Con un cubito de plástico algo estropeado y un pequeño rastrillo al que le faltaban varias púas, había logrado crear una magnífica obra de arte. De repente, sin que el niño se diera cuenta de que la marea había subido peligrosamente, una ola rozó la base del castillo y éste se empezó a desmoronar. Contra todo pronóstico, el niño recogió el rastrillo y el cubo y se fue de la playa sin mirar ni una sola vez como el mar engullía su creación.


Al día siguiente, el niño volvió a la playa con su incompleto rastrillo y su ajado cubo. Se sentó cerca de la orilla y empezó de nuevo a crear. El mismo mar que le había arrebatado su trabajo el día anterior le daba otra oportunidad. Y el niño lo sabía. Por eso cada día disfrutaba más que el anterior, y cada día su obra ganaba en perfección y belleza. Por eso cada día, cuando las empecinadas olas lograban acabar con la última de las almenas, el niño ya estaba muy lejos de la orilla, pensando en que, mañana, su castillo sería aún mejor que el de hoy.

domingo, 9 de noviembre de 2014

AMOR PROHIBIDO

Ella entró por el garaje del hotel sin que nadie pudiese verla, o eso le pareció, la cámara de seguridad se fijó especialmente en el nuevo aspecto que tenía esa noche, daba la sensación de que hubiera pretendido hacerse pasar por otra persona, casi podría decirse que no era ella, pero lo era.

Él entró por la puerta principal del hotel, con paso firme y rápido se dirigió a la recepción y, como había supuesto cuando reservó la habitación, a esa hora de la noche lo recibió el empleado que siempre hacía el turno de noche, un chico joven, con cara de despistado que pasaba las largas y solitarias horas nocturnas mandando mensajes a sus amigos a través de las redes sociales sin prestar demasiada atención a lo que sucedía a su alrededor.

Ella aparcó en la plaza de garaje más cercana a los ascensores y esperó, se dio cuenta de que en esa zona su teléfono móvil tenía poca cobertura pero consideró que era más que suficiente y que era preferible quedarse dentro del coche hasta recibir la llamada.

Él le plantó al chico de recepción su pasaporte acompañado con una tarjeta de crédito. Prefería usar ese documento como identificación porque la fotografía representaba un hombre mayor, cansado, con ojeras y una gran barba blanca que llamaba la atención respecto al poco pelo que se veía en la cabeza. Nada que ver con su aspecto actual, sin pelo, sin barba y sin bolsas en los ojos gracias a una operación de cirugía estética que le había costado un dineral pero que le había quitado diez o más años de encima.

Ella se removía incomoda en el asiento del coche, no estaba a gusto, especialmente porque aquél vehículo alquilado no tenía nada que ver con el Audi que ella usaba y en el que se sentía poderosa, atractiva, capaz de comerse el mundo. Y el móvil seguía sin darle noticias, ni en forma de mensaje (el modus operandi habitual) ni en forma de llamada. Decidió tener un poco más de paciencia y se puso a juguetear con la radio.

Él firmó el registro de entrada y le agradeció al recepcionista que no intentase explicarle cómo funcionaba la llave electrónica de la habitación o a qué hora abría el comedor donde se servía el  desayuno (al que no pensaba quedarse). Recuperó su pasaporte y su tarjeta y salió disparado para el ascensor. El chaval de recepción ya estaba de nuevo absorbido por Facebook cuando él pulsó el botón que le llevaría al séptimo piso. Ese despiste natural, inherente a su persona, le impidió darse cuenta de que algo no encajaba, aquél huesped no portaba equipaje de ningún tipo, lo que para un establecimiento de esa categoría era algo raro, tanto como que al él lo hubieran fichado para encargarse del turno de noche.

Ella se sobresaltó cuando su teléfono se iluminó de repente avisándole que había recibido un mensaje. Dentro de ese coche y en la primera planta de aquél parking inhóspito a esas horas de la noche, lo único que quería es subir de una vez a la habitación 709 , tres cifras que componían el único texto que aparecía en el móvil. 

Él abrió la puerta de la habitación con la destreza propia de quién está acostumbrado a deambular por todo tipo de hoteles de cierto nivel y, como un resorte, con la puerta todavía entornada, introdujo la llave electrónica con forma de tarjeta de crédito en la ranura que estaba a su derecha. Como si ese agujero estuviese ávido de recibir algo en su interior, en cuanto la tarjeta llegó al final del hueco, la habitación se iluminó en todo su esplendor. A toda velocidad, él se dirigió a la ventana y, de un tirón casi brusco, agarrándola con fuerza, corrió la gran cortina de motivos arabescos que descansaba a un lado de la gran ventana del cuarto.

Ella comprobó que dentro de su bolso estaba todo aquello que necesitaba, abrió la puerta del coche, salió con mucho cuidado vigilando que las medias que cubrían sus largas y delgadas piernas no sufriesen ningún percance, de pie, se colocó la falda y cerró dando un portazo. Cuando ya estaba a punto de entrar en el ascensor se dio cuenta de que no había pulsado el mando a distancia y que el coche había quedado abierto. Su Audi contaba con un sistema que cerraba automáticamente el coche si, al cabo de tres minutos, nadie lo había hecho y si no detectaba movimiento en su interior. Se asomó a la puerta del garaje y extendió su brazo izquierdo en dirección al coche pulsando el mando de aquel coche infame.

Él se puso cómodo. Estaba algo más relajado y decidió quitarse la chaqueta. Otra vez lo había logrado, aunque empezaba a hartarse de vivir a hurtadillas y de tener que trasnochar de aquella manera. Añoraba los tiempos en que se sentía libre para pasearse a la luz del día con cualquiera sin levantar sospechas. Aguzó el oído. 

Ella clavó sus tacones en la mullida moqueta del pasillo del séptimo piso. 706, 707, 708, por fin la 709. Con un leve toqueteo de sus uñas llamó a la puerta, aunque de forma instintiva ya sabía que esa puerta se abriría en un momento, repitió la acción sin pensar, casi como si de una pieza de percusión se tratara. La melodía surtió efecto.

Él escuchó el sonido que tantas otras veces había escuchado en el último año, sabía que no dejaría de sonar si se demoraba en abrir la puerta, así que se levantó y cruzó la habitación en un vuelo. “Es como una clave, una contraseña, nuestro santo y seña” pensó. Y abrió.

Ella y él ya eran ellos de nuevo. Él un alcalde homosexual de una ciudad pequeña. Ella la dueña de una empresa mediana dedicada a la obra pública felizmente casada. Amigos íntimos desde pequeños hoy obligados a mantener su amistad en la clandestinidad, a ser una suerte de amantes furtivos creada por la situación política actual, donde un empresario y un cargo público sólo son corruptor y corrupto.


Ellos se sentaron en el amplio sofá de la habitación, abrieron dos pequeñas botellas del mini bar y dejaron que su conversación, basada en el respeto, la honestidad y la confianza, les transportase hasta el amanecer. 

lunes, 27 de octubre de 2014

VIEJUNO

Estimado Viejuno:

Qué difícil ser optimista cuando has perdido la lozanía mental de la juventud y te has tenido que refugiar en el cinismo para sobrevivir.

Te sientes mezquino, en la acepción medieval de esta palabra “siervo de la gleba de origen español”.

Constatas que unos pocos lo mandan todo y que el resto casi lo obedecen todo. Y así no quieres vivir.

Te aferras a placebos informativos que te alivian durante el efímero intervalo entre sospechar la verdad y descubrir la verdad.

Y vas cumpliendo años. 

No has vivido deprisa, no has muerto joven y, por tanto, se te escapó la posibilidad de “dejar un bonito cadáver” y ahora tienes que cargar con tu deteriorado cuerpo sabe dios por cuantos años.

Ya no te preguntas ¿qué me gustaría hacer?, ahora sólo se trata del ¿qué puedo hacer?

Estás vivo, o eso te parece, pero como decía el chiste de aquél al que el médico le recomendó que dejase de beber, de fumar, de comer carne e, incluso, de practicar sexo para aumentar su esperanza de vida, se te va a hacer larga la vida, sí, pero va a ser una vida de mierda.

Como no tienes los ‘cojones’ para arrebujarte en el asiento trasero del Thunderbird de Thelma y Louise, me temo que vas a tener que renacer de algún modo, y vas a tener que ‘autoparirte’ rápido.

No te puedes permitir nueve meses de gestación, debes eyacular precozmente y cortar el cordón umbilical al mismo tiempo. Tienes que valerte por ti mismo inmediatamente, pero recuerda que eres otra persona, ya no valen excusas. 

Te has dado a ti mismo una nueva oportunidad, aprovéchala, puede que sea la última.

Esto es como un programa de protección de testigos, nada de tu vida anterior existe aunque sepas que sigue estando ahí.

El entorno ha cambiado sólo porque tú lo ves con unos nuevos ojos. En tu cuerpo envejecido hay una mirada púber. Es hora de aprender.

Descubrir es, en sí mismo, tener una razón maravillosa para seguir adelante. Y tú tienes la mente en blanco, no la jodas.

¡Prejuicios fuera! Sólo sabes que no sabes nada. Pues, adelante, ya estás preparado… para aprender.

¿Miedo a renacer? Y una mierda. Lo que te pasa es que prefieres la comodidad de una vida de miseria que sólo te obliga a quejarte, a la incertidumbre de una felicidad trabajada desde cero con un esfuerzo ímprobo fuera de tu zona de confort. 

Haz lo que quieras pero piensa que te quedan otros 50 años y que el mejor momento para plantar un árbol fue ayer.


Te mando un saludo afectuoso.

lunes, 13 de octubre de 2014

BLACK IS BLACK

La mayoría ya habían nacido cuando Los Bravos lanzaron su famoso hit en 1966, y quizá porque en su subconsciente se les quedó grabado el estribillo como algo divertido, cuando las tarjetas  negras llegaron a sus manos, pensaron que no sólo se las merecían sino que nada de malo había en darles un uso importante.

Todos hubiésemos hecho lo mismo ¿tú no?

Es verdad, perdón por generalizar, tú eres de esa estirpe inmune a las tentaciones y estás alejado de la debilidad humana que a los demás nos hace mentir, codiciar, mirar para otro lado…

Creo que la catadura moral de la mayoría de las personas que nos consideramos ‘gente de bien’ tiene más que ver con el “ande yo caliente” (única forma de echar una mano a otros) que con el “me río yo de la gente que es tan imbécil que no puede hacer lo que yo” más propio de algunos que se creen por encima del bien y del mal.

Afirmar que tú no te hubieses aprovechado de algún modo de una situación anómala y además colectiva, estando bajo la protección de una falsa sensación de impunidad y al amparo de una legalidad aparente, es síntoma de que no te conoces bien a ti mismo o que quizás prefieres refugiarte en el reflejo que te devuelve el espejo de la hipocresía, un espejo que oculta tu miedo a descubrir el rostro egoísta que todos tenemos cuando la hipótesis se convierte en realidad y los pétreos juicios de valor que lanzábamos a los cuatro vientos se tornan en argumentos a favor de pasar a la acción antes moralmente reprobable.

No nos apropiamos indebidamente de más cosas en la vida porque tenemos miedo a que nos descubran y, sobre todo, porque esas apropiaciones, aún insignificantes, para nosotros sí tienen consecuencias penales. Sólo cuando robas mucho, sobre todo si es ‘pólvora del rey’, tienes casi garantizada la impunidad, pero como eso parece que sólo está al alcance de muy pocos, los de dentro de la ‘cúpula’ de cristal blindado en la que no nos dejan entrar, el resto de los mortales refrenamos nuestros instintos ‘ladroneriles’.

No obstante, a medida que nos precaricemos todavía más, nos importará cada vez menos lo que digan las leyes, que por cierto son muchas y están hechas por los de la ‘cúpula’ precisamente para protegerles a ellos y perseguirnos a los demás, nos importará menos, digo, porque cuando no nos vea nadie (o eso creamos) nos las pasaremos ‘por el forro’ en aras del egoísmo responsable necesario (“si yo no estoy bien es imposible que pueda ayudar a otros”), o lo que es lo mismo, en aras de poder dar de comer a nuestros hijos.

En un tiempo no muy lejano, cuando el teléfono era un elemento ubicado en un lugar fijo y las llamadas, fuesen a donde fuesen, costaban una cantidad indecente de pesetas, se formaban largas colas en aquellas cabinas que, por causas desconocidas, no consumían el saldo de la primera moneda que se introducía en ellas. No había redes sociales, pero la gente (y sus familiares en el extranjero) se enteraba a velocidad del rayo de que tal o cual cabina telefónica estaba estropeada y de que podías llamar a donde quisieras totalmente gratis.

En las caras de todos aquellos que formábamos la abarrotada fila no se atisbaba ningún signo de culpabilidad, más bien todo lo contrario, el rictus era de satisfacción. Jóvenes y mayores, con más o menos posibles, todos estábamos encantados de la suerte que habíamos tenido ese día y, por ende, nos producía cierta satisfacción arañar a Telefónica algo de lo que impunemente nos ‘robaba’ en cada llamada que hacíamos a diario por los cauces legales.

No era un problema de miseria (ni siquiera de miseria moral) era una sensación de justicia social, de “quién roba a un ladrón…” 

¿Qué es sino un contador digital de electricidad puesto en nuestras casas o en nuestros negocios? Un instrumento del diablo, algo que nos hace más difícil apropiarnos indebidamente de un bien de primera necesidad que unas pocas multinacionales gestionan en favor de unos ‘cupuleros’ que ni siquiera han oído hablar de la ‘pobreza energética’ y para los que en invierno siempre hace calor.

Con todo, lo seguiremos intentando, haremos acopio de todas las justificaciones personales que nos permitan rebasar cualquier principio ético previo para defender la apropiación indebida egoísta y necesaria si ésta tiene un fin que creemos imprescindible: enmascarar nuestra creciente precariedad y ayudar a otros muchos a llegar a fin de mes.

Por eso, cuando te encuentres por la calle una bolsa de plástico negra llena de billetes de 10, 20 y 50 € (usados y sin marcar), cógela sin miedo y gástate el dinero sin remordimientos. Es la basura que cae desde la ‘cúpula’. Residuos que genera el plástico con el que se fabrican las tarjetas negras que allí usan para no contagiarse con las miasmas que se pegan al despreciable papel moneda de bajo valor facial.

Y si eres tú el único e irrepetible ‘hombre ético integral’ haz el favor de no devolver la bolsa a las autoridades, déjala donde la encontraste para que alguno de nosotros se tropiece con ella y pueda poner la misma cara de sorpresa y satisfacción con la que mis primos de Nueva York recibían en ocasiones muy contadas una intempestiva (pero afortunadamente larga) llamada telefónica desde España.