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lunes, 13 de octubre de 2014

BLACK IS BLACK

La mayoría ya habían nacido cuando Los Bravos lanzaron su famoso hit en 1966, y quizá porque en su subconsciente se les quedó grabado el estribillo como algo divertido, cuando las tarjetas  negras llegaron a sus manos, pensaron que no sólo se las merecían sino que nada de malo había en darles un uso importante.

Todos hubiésemos hecho lo mismo ¿tú no?

Es verdad, perdón por generalizar, tú eres de esa estirpe inmune a las tentaciones y estás alejado de la debilidad humana que a los demás nos hace mentir, codiciar, mirar para otro lado…

Creo que la catadura moral de la mayoría de las personas que nos consideramos ‘gente de bien’ tiene más que ver con el “ande yo caliente” (única forma de echar una mano a otros) que con el “me río yo de la gente que es tan imbécil que no puede hacer lo que yo” más propio de algunos que se creen por encima del bien y del mal.

Afirmar que tú no te hubieses aprovechado de algún modo de una situación anómala y además colectiva, estando bajo la protección de una falsa sensación de impunidad y al amparo de una legalidad aparente, es síntoma de que no te conoces bien a ti mismo o que quizás prefieres refugiarte en el reflejo que te devuelve el espejo de la hipocresía, un espejo que oculta tu miedo a descubrir el rostro egoísta que todos tenemos cuando la hipótesis se convierte en realidad y los pétreos juicios de valor que lanzábamos a los cuatro vientos se tornan en argumentos a favor de pasar a la acción antes moralmente reprobable.

No nos apropiamos indebidamente de más cosas en la vida porque tenemos miedo a que nos descubran y, sobre todo, porque esas apropiaciones, aún insignificantes, para nosotros sí tienen consecuencias penales. Sólo cuando robas mucho, sobre todo si es ‘pólvora del rey’, tienes casi garantizada la impunidad, pero como eso parece que sólo está al alcance de muy pocos, los de dentro de la ‘cúpula’ de cristal blindado en la que no nos dejan entrar, el resto de los mortales refrenamos nuestros instintos ‘ladroneriles’.

No obstante, a medida que nos precaricemos todavía más, nos importará cada vez menos lo que digan las leyes, que por cierto son muchas y están hechas por los de la ‘cúpula’ precisamente para protegerles a ellos y perseguirnos a los demás, nos importará menos, digo, porque cuando no nos vea nadie (o eso creamos) nos las pasaremos ‘por el forro’ en aras del egoísmo responsable necesario (“si yo no estoy bien es imposible que pueda ayudar a otros”), o lo que es lo mismo, en aras de poder dar de comer a nuestros hijos.

En un tiempo no muy lejano, cuando el teléfono era un elemento ubicado en un lugar fijo y las llamadas, fuesen a donde fuesen, costaban una cantidad indecente de pesetas, se formaban largas colas en aquellas cabinas que, por causas desconocidas, no consumían el saldo de la primera moneda que se introducía en ellas. No había redes sociales, pero la gente (y sus familiares en el extranjero) se enteraba a velocidad del rayo de que tal o cual cabina telefónica estaba estropeada y de que podías llamar a donde quisieras totalmente gratis.

En las caras de todos aquellos que formábamos la abarrotada fila no se atisbaba ningún signo de culpabilidad, más bien todo lo contrario, el rictus era de satisfacción. Jóvenes y mayores, con más o menos posibles, todos estábamos encantados de la suerte que habíamos tenido ese día y, por ende, nos producía cierta satisfacción arañar a Telefónica algo de lo que impunemente nos ‘robaba’ en cada llamada que hacíamos a diario por los cauces legales.

No era un problema de miseria (ni siquiera de miseria moral) era una sensación de justicia social, de “quién roba a un ladrón…” 

¿Qué es sino un contador digital de electricidad puesto en nuestras casas o en nuestros negocios? Un instrumento del diablo, algo que nos hace más difícil apropiarnos indebidamente de un bien de primera necesidad que unas pocas multinacionales gestionan en favor de unos ‘cupuleros’ que ni siquiera han oído hablar de la ‘pobreza energética’ y para los que en invierno siempre hace calor.

Con todo, lo seguiremos intentando, haremos acopio de todas las justificaciones personales que nos permitan rebasar cualquier principio ético previo para defender la apropiación indebida egoísta y necesaria si ésta tiene un fin que creemos imprescindible: enmascarar nuestra creciente precariedad y ayudar a otros muchos a llegar a fin de mes.

Por eso, cuando te encuentres por la calle una bolsa de plástico negra llena de billetes de 10, 20 y 50 € (usados y sin marcar), cógela sin miedo y gástate el dinero sin remordimientos. Es la basura que cae desde la ‘cúpula’. Residuos que genera el plástico con el que se fabrican las tarjetas negras que allí usan para no contagiarse con las miasmas que se pegan al despreciable papel moneda de bajo valor facial.

Y si eres tú el único e irrepetible ‘hombre ético integral’ haz el favor de no devolver la bolsa a las autoridades, déjala donde la encontraste para que alguno de nosotros se tropiece con ella y pueda poner la misma cara de sorpresa y satisfacción con la que mis primos de Nueva York recibían en ocasiones muy contadas una intempestiva (pero afortunadamente larga) llamada telefónica desde España.


domingo, 28 de septiembre de 2014

I+D, PUTAS Y COCAÍNA

“Hijo mío, si quieres robar mucho, pero mucho, estudia contabilidad”

Como si decidiésemos rebuscar en los bolsillos de un viejo abrigo, los españoles nos hemos encontrado con 26.193 millones de 2013 que ni siquiera sabíamos que estaban allí.

La paradoja es que no encontramos los billetes. Aparentemente, cuando miramos dentro de esos  bolsillos, estos parecen estar llenos de dinero, pero cuando metemos la mano para cogerlos no logramos agarrar ni un mísero ‘bin Laden’ .

Lo bueno es que, ahora que llega el invierno, podemos ponernos de nuevo el abrigo y dirigirnos a cualquier banco donde veremos como, de forma casi milagrosa, nuestra capacidad de endeudamiento ha aumentado sin razón aparente.

Somos los mismos pobres de siempre pero vestidos con un viejo abrigo lleno de un montón de dinero que se puede ver pero que no se puede tocar y, sin embargo, sólo por eso, el director de nuestra sucursal bancaria que hace un año nos miraba con asco, hoy nos abre las puertas de la caja de seguridad del banco para que cojamos prestada la cantidad que queramos.

O sea, que, a partir de ahora, todo ‘trapicheo’ confesable entiendo que formará parte de la contabilidad nacional, de la contabilidad “A” me refiero, ya que, se me ocurre, la contabilidad “B”  seguirá existiendo para asesinatos de estado, pago de rescates de cooperantes y, sobre todo, financiación de partidos y acopio suizo de sus dirigentes.

Me preocupa, no obstante, que estos cambios en la forma de computar el PIB inciten al ministro de Hacienda a darle una vuelta de tuerca más al tornillo que aprisiona el cuello de los autónomos en el garrote vil en el que él mismo los ha sentado.

Y digo esto porque no me parece que a los llamados “agentes sociales” se les vayan a unir muy pronto los representantes de las putas y los narcos para negociar con el gobierno mejoras fiscales o laborales para estos colectivos que, desde hoy, ya representan oficialmente el 1% de nuestra facturación anual como país.

Por tanto, sino hay intención de que los masajes con final feliz lleven IVA y de que los ‘camellos’ se integren en la seguridad social como ‘representantes de comercio’, me temo que seguiremos siendo los de siempre los que nos pongamos ‘mirando a Cuenca’ y, además, habiendo tenido que pagar de nuestro bolsillo la vaselina.

Y ya puestos a elucubrar, espero que esa ‘contabilidad creativa’ no nos traiga cierta laxitud policial en aras de lograr una cifra del PIB mayor cada año. ¡Ahora sí que vamos a tener fiestón en Magaluf!

En definitiva ¡qué bueno es poder cambiar las reglas de juego cuando vas perdiendo el partido! Por eso animo a todos a estudiar contabilidad creativa, al acabar el curso te dan un kit que, además de calculadora, incluye: balanza de precisión, condones de colores, un manual sobre I+D y una pistola. Esta última es para los que aún no os veáis capaces de robar un banco (o un país) a lo grande, desde dentro, y os conforméis con probar el sistema tradicional.
Manuel Dafonte

“El tráfico de drogas, la prostitución o el gasto en I+D+i y militar elevan en 26.193 millones el Producto Interior Bruto (PIB) de España. Así, a cierre de 2013, suma 1,049 billones con el nuevo cálculo del INE para medir la economía, y que incluye actividades no contabilizadas hasta ahora”  Fuente: El Mundo 25 de septiembre de 2014.

     

jueves, 18 de septiembre de 2014

Don Emilio y el Sr. Álvarez "Descansen en paz"


Don Emilio murió de un ataque al corazón en la pequeña trastienda de su comercio. Nadie imaginó que algo malo había pasado aunque la luz de su negocio seguía encendida más allá de las 12 de la noche. Era algo habitual en Don Emilio quedarse a trabajar hasta tarde.

Fueron sus hijos los que, algo inquietos, sobre las 2 de la madrugada, decidieron acercarse hasta la tienda de su padre. El hijo mayor lo llamó desde el quicio de la puerta y su hija pequeña se adelantó hacia el hueco del mostrador y, desde allí, lo llamó también.

-¡Papá! ¡papá! ¿estás bien? 

Nadie contestó. Ambos hermanos entraron juntos en la trastienda y vieron la escena que tantas otras veces habían visto: su padre, Don Emilio, vencido por la vida (esta vez además también por la muerte), con la cabeza enterrada entre sus brazos extendidos en una destartalada mesa llena de papeles, parecía dormir.

Su hija, con toda la dulzura que se lograr tejer con el cariño y la admiración de muchos años, acercando su boca a la arrugada oreja de su padre le susurra ¡vamos papá! ¡ya es muy tarde!

Sin duda para Don Emilio era demasiado tarde. Sólo cuando entre los dos lograron levantar la cabeza de su padre se dieron cuenta de lo que asía en su mano derecha. Un papel arrugado por el aplastamiento entre sus dedos que le comunicaba el desahucio inmediato por el impago reiterado del nuevo alquiler, un alquiler imposible que le habían impuesto los actuales propietarios aprovechando el cambio de alguna ley que Don Emilio no sabía ni que existía. 

Un extraño olor impregnaba aquel cuartucho. Ninguno de los dos hijos se dio cuenta de ello. 

Probablemente el ataque al corazón no fue consecuencia de esa notificación, probablemente su historia llena de cigarros, de muchas preocupaciones y de sueños rotos tuvieron algo que ver. 

Probablemente 79 eran ya demasiados años para estar trabajando hasta la madrugada en aquella tienda.


El Sr. Álvarez era amigo de Don Emilio, o quizá sería más correcto decir que se hicieron amigos tras muchos años de relación comercial.

El Sr. Álvarez había sido uno de los viajantes más exitosos que la fábrica de herramientas más importante del norte de España había tenido. 

Hasta hacía un par de años seguía recorriendo miles de kilómetros cada mes intentando que todos sus clientes, la mayoría pequeños comerciantes, tuviesen siempre las últimas novedades en sus estanterías.

Pero inexorablemente, aunque de forma casi imperceptible, el Sr. Álvarez se fue quedando sin negocios a los que visitar y, por tanto, sin comerciantes a los que vender sus herramientas y, lo que fue mucho peor para él, sin amigos con los que hablar.

Tantos kilómetros y tanta carretera le habían privado de una familia, su mujer decidió que prefería vivir con alguien al que reconociese cada vez que entraba por la puerta y se marchó al pueblo de sus padres a esperar la ley del divorcio mientras compartía el café cada mañana con el que luego sería el padre de sus hijos. El Sr. Álvarez nunca lo superó.

Se tuvo que conformar con el sucedáneo de familia que formaban sus clientes más ‘queridos’ y, uno de aquellos era, sin duda, Don Emilio. Tal vez era el único al que podía considerar ‘un amigo de verdad’.

Esa tarde fatídica, el Sr. Álvarez visitó a Don Emilio en su pequeña ferretería de Madrid. Ya era casi la hora de cerrar pero, como siempre, Don Emilio no tenía prisa.

Ambos pasaron a la trastienda y el Sr. Álvarez no se dio cuenta de que a Don Emilio las preocupaciones que le rondaban por la cabeza ya no eran las mismas de siempre. 

Sin saber por qué, Don Emilio hurgó en lo más profundo de la historia que a ambos les unía desde hacía mucho tiempo, recordándole al Sr. Álvarez que un lejano día de 1982, mientras a muy pocas manzanas de allí se jugaba la final del Mundial de fútbol, ambos habían hecho un trato y ahora había llegado el momento de que el Sr. Álvarez cumpliese su parte del mismo.

A Don Emilio lo desahuciaban y el Sr. Álvarez podía evitarlo sólo con devolverle el dinero que, hacía más de 30 años, él le había prestado para comprar un collar de diamantes con el que pretendió atar a una mujer que ya se le había escapado para siempre.

Don Emilio abrió el cajón central de su escritorio y sacó el documento que ambos habían firmado tiempo atrás, un legajo amarillento que el Sr. Álvarez creía perdido. Lo blandió ante los ojos de éste a la vez que le explicaba, cada vez más acalorado, que su situación era desesperada.

El Sr. Álvarez no dijo nada. Con un rápido movimiento de su brazo, extendiendo su mano como una garra, le arrebató el papel a Don Emilio y, sacando un mechero del bolsillo de su chaqueta, le prendió fuego haciéndolo desaparecer para siempre.

No hizo falta nada más. El corazón de Don Emilio entendió que su último recurso había desaparecido y se fue parando lentamente, se dejó caer en la vieja silla giratoria, extendió sus brazos y descansó su cabeza entre ellos como si, verdaderamente, decidiese que iba a dormir para siempre.

No tuvo tiempo para escuchar al Sr. Álvarez saliendo de la tienda desencajado mientras sus labios no dejaban de murmurar  “Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento…”.

Apenas unos días después de que sus hijos encontrasen a Don Emilio muerto en la trastienda de su pequeña ferretería aparecería una pequeña esquela en un periódico local pagada por una empresa de herramientas que antaño había sido una de las más importantes del país. 

Una esquela que los hijos de Don Emilio nunca vieron y que sólo decía:

 “La dirección de Herramientas del Norte traslada su más sentido pésame a la familia del Sr. Álvarez, trabajador destacado de esta empresa durante más de 40 años. Descanse en paz”

Nadie supo nunca por qué le falló el corazón al Sr. Álvarez. La señora que se encargaba de la limpieza de su casa lo encontró recostado en el sofá con la televisión encendida y, antes de pegar un grito que alertaría a los vecinos, también pensó que estaba profundamente dormido.

Quizá el corazón del Sr. Álvarez ya no estaba dispuesto a hacer más kilómetros inútiles en busca de amigos porque sabía que todos ellos ya estaban muertos, o quizá, al revisar su agenda, el Sr. Álvarez se dio cuenta de que Don Emilio no sólo era el último de esos amigos sino que siempre había sido el único. Y eso que el Sr. Álvarez jamás supo que Don Emilio había muerto y que ¿quizá? él había tenido algo que ver con aquello. 

Apenas habían pasado dos días del entierro de Don Emilio cuando sus hijos recibieron un extraño paquete que iba dirigido a su padre y que el cartero, que era de toda la vida, tuvo la amabilidad de llevarles a casa porque la ferretería todavía permanecía cerrada por defunción.   


No había remitente ni señal alguna en aquel paquete. Lo desenvolvieron con mucho cuidado y ante sus ojos apareció una caja de terciopelo azul del tamaño de un pequeño libro. Y, al abrirla, como si miles de rayos de luz se hubiesen encendido de repente, un bellísimo collar de diamantes les devolvió, cual recompensa milagrosa, el legado de un padre que no se mereció morir con las botas puestas, especialmente cuando esas desgastadas botas habían pasado de moda hacía ya muchos, muchísimos años.

martes, 19 de agosto de 2014

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Ser consciente de que tú no llegarás vivo al final de la guerra porque tu salud ha quedado seriamente perjudicada en cientos de batallas no te exime de seguir luchando: por los otros, aquellos que todavía tienen esperanza y alguna oportunidad.
No hay épica en la ruina, sólo dolor y alguna posibilidad de aprender, generalmente para enseñar a otros.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/economia/2014/08/18/hemos-pagado-master-caro-llevamos-grabado-fuego/0003_201408G18P3998.htm

martes, 24 de junio de 2014

Cuestionémonos todo. Cambiémoslo todo. O no.


Que el Papa pueda vestirse de negro,

que la afición pueda gritar y tocar el tambor en cualquier momento de un partido de tenis, 

que las grasas saturadas formen parte de una dieta equilibrada, 

que los líquidos vuelvan a los aviones en la cantidad que uno quiera, 

que llevar el cinturón de seguridad cuando se conduce y se viaja solo, sea sólo una elección,

que mujeres y hombres vuelva a ser los protagonistas de la humanidad,

que las Iglesias nos convenzan de que tienen una religión detrás donde no es necesario que muera nadie,

que pedir perdón sea trending topic en twitter, 

que Sálvame cambie sus anuncios por ‘patrocinios culturales’ como si se emitiese en televisión española,

que Google considere nuestro estado de ánimo antes de mostrar los resultados. 

Cuestionémonos todo. Cambiémoslo todo. O no.

Que vivir 100 años no sea cadena perpetua, 

que comer en Venezuela vuelva a formar parte de la rutina y

que matar en Irak deje de serlo, 

que un invierno caluroso y un verano frío sean una anécdota más que una catástrofe climática, 

que los ucranianos encuentren gas cerca de Chernóbil y

que los haitianos vuelvan a disfrutar de sombra en su parte de la isla, 

que los pantalones cortos no pasen de moda en las chicas y

que los pantalones cortos pirata de los chicos desaparezcan ya de la faz de la tierra,

que Carlos Latre se dé prisa en imitar al nuevo rey y

que el nuevo rey no imite demasiado a su padre por el bien de la princesa Leonor.

Cuestionémonos todo. Cambiémoslo todo. O no. 

Que la madre de Bambi y la madre de Marco no abandonen a sus hijos, 

que la próxima burbuja inmobiliaria se recubra de vaselina para que duelan menos sus consecuencias el día que explote,

que conjugar el verbo emprender en España forme parte del examen de lengua,

que pedir un préstamo no nos convierta en sospechosos de obligado escrutinio,

que ERE sea el acrónimo de ‘eres realmente especial’ y por eso quiero que trabajes aquí,

que los reptiles estén en el fondo y no en la superficie política,

que educar no sea domesticar,

que aprender y respirar sean funciones vitales igual de imprescindibles para sobrevivir,

que saquemos a España del Monte de Piedad en donde nos empeñamos en empeñarla,

que, por muy bajito que sea, reconozcamos que el inglés no se deja dominar.

Que la vida son dos días, y uno de ellos ya lo hemos consumido, así que olvida todo lo que te acabo de decir.


O no.