Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta ilusión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ilusión. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de julio de 2017

CIO-CIO-SAN (Ilusión de Vida)




«Un bel dì vedremo…»  

«Un bello día veremos levantarse un hilo de humo en el extremo confín del mar»

Así empieza una de las arias de ópera más famosas de la historia.

Esperanza, espera y desesperación.

Más de 100 años han pasado desde que Puccini dejase de retocar el libreto de Madama Butterfly y sin embargo éste tan actual como el primer día.

Sin equilibrio, sin reciprocidad, nada funciona. Si das tienes que recibir. La mayoría damos mucho más de lo que recibimos (precio y valor nunca estuvieron tan alejados).

Esperar algo que nunca vendrá, o que llegará viciado, es engañarse a uno mismo. 

Preguntas que sobrevuelan y que amenazan con aplastarnos ¿seremos reemplazados por unas máquinas que la mayoría no entendemos? ¿viviremos esperando una revolución humanista que podría no llegar nunca?

Esperanza de vida. Un término diabólico. Mejor nos iría si al construir la típica frase «la evolución tecnológica permitirá un aumento importante de la esperanza de vida» pudiésemos sustituirla por algo como «la evolución tecnológica permitirá un aumento importante de la ilusión de vida»

Yo no quiero tener esperanza de vida, quiero tener ilusión de vida.

Tener esperanza es asumir que estoy en una situación imperfecta y anhelar que, algún día, esa situación pueda mejorar hasta el punto que ya no necesite volver a esperar nada mejor.

Tener ilusión es dejar de preocuparse por lo que soy ahora, asumirlo como válido y enfrentar el camino de la vida con una curiosidad positiva, con la certeza de que me iré encontrando cosas en ese camino que mejorarán mi existencia. 

Es la certeza de la incertidumbre: saber que algo habrá y saber también que nunca podré saber lo que es hasta que lo haya encontrado.

La esperanza es la madre de la desesperación y la mayor aliada del conformismo y el autoengaño. Cuando ves que tu tiempo se acaba, y lo anhelado por tanto tiempo no llega, te conformas con lo que tienes y creas una realidad basada en los ‘podría ser peor’.

La ilusión es hermana de la curiosidad y ésta del descubrimiento. Curiosidad llevada en volandas por un movimiento continuo hacia la fascinante incertidumbre de la vida. 

La vida se acaba cuando sólo nos queda la esperanza. Y, sin embargo, la vida vale la pena, incluso en la expiración del último hálito, si hay en nosotros un gramo de ilusión.

Ilusión entendida como entusiasmo, esa adhesión fervorosa que nos mueve a luchar por una buena causa, la de ser felices mientras vivimos.

La esperanza acaba con Cio-Cio-San. La muerte auto inflingida como punto final de la espera.

No le ha valido la pena, pero ella ya nunca lo sabrá. ¡Viva la ilusión que nos aleja de la muerte en vida!

lunes, 18 de febrero de 2013

DOÑA CANDELARIA


Doña Candelaria está a punto de cumplir 66 años. Para ella el llamado ‘efecto 2000’ fue más bien un ‘defecto’. Ese año, tras una larga enfermedad, perdió a su marido autónomo (debido a un cáncer, lo de ser autónomo todavía no se consideraba enfermedad).

Doña Candelaria, dicen por ahí, no trabajó nunca. Su ocupación de toda la vida fue cuidar de sus tres hijos y de su marido (cobraba en ‘B’ de Besos y los declaraba de vez en cuando)  y, al quedarse viuda, la pensión que le correspondió por tal concepto fue de ‘casi’ 600 € al mes (la pensión era por lo de la viudedad, los Besos los sigue cobrando todavía).

Afortunadamente, su capacidad de administrar y el trabajo de más de 40 años de su marido habían sido suficientes para tener su casa totalmente pagada y para cobrar una pequeña renta de un local alquilado.

Doña Candelaria nunca fue la misma desde que su marido murió, ni siquiera sus hijos y sus nietos lograron devolverle la ilusión. No obstante siempre estuvo dispuesta a ‘echarles una mano’ en todo lo que pudiese. Y esa fue su perdición.

Sus hijos, tal y como lo había sido siempre su padre, también eran masoquistas, perdón, autónomos, y siete años después de la muerte de éste, sus negocios se tambalearon y, ante la posibilidad de coger esa ‘mano’ que les ofrecía su madre, también le cogieron el  brazo y el resto del cuerpo a la ‘pobre’ Doña Candelaria.

Le hipotecaron su casa y, de paso, la convirtieron en avalista de algunas otras deudas empresariales. Lo que pasó después es fácil de imaginar, la crisis se llevó por delante los negocios de esos, sus hijos, y con ellos el patrimonio de Doña Candelaria.

No obstante, al margen de burofaxes, citaciones, embargos preventivos y similares, Doña Candelaria tuvo ‘suerte’, pudo vender su casa en 2010 apresuradamente, pudo amortizar el saldo total de la hipoteca que pesaba sobre ella y pudo obtener un ‘enorme’ beneficio: el dinero para la mudanza a un nuevo piso de alquiler que todavía no sabía si iba a poder pagar por mucho tiempo, teniendo en cuenta que le costaría más o menos lo mismo que cobraba de pensión.

Desde hace un año Doña Candelaria tiene una rutina los primeros días de cada mes, acude a la caja de ahorros donde tiene la cuenta en la que le ingresan la pensión y retira todo el dinero, y no lo hace sólo para pagar su alquiler y para comprar comida, lo hace también porque es una mujer muy previsora y sabe que, aunque su pensión mínima es inembargable, el saldo de su cuenta corriente no lo es.

A pesar de todo Doña Candelaria sigue viendo mucho a sus hijos. Y siempre dice que, si se volviese a dar la situación en que tuviese que ayudarles, y dispusiese de una casa que hipotecar, no dudaría en volver a ponerla como garantía.

Doña Candelaria no es estúpida, más bien todo lo contrario: es madre. Una madre como es debido, de las que quieren a sus hijos más que a su vida. Y no tiene la culpa de haber parido tres autónomos en un país en donde le hubiera resultado más fácil dar a luz a tres funcionarios.

Pero Doña Candelaria recuerda a su marido y con una voz orgullosa, con un tono que puede parecer incluso arrogante, hace una apología de la que fue su forma de vida como mujer y madre de empresarios: de uno al que no se lo llevó la crisis sino la vida, y de otros tres que todavía siguen luchando por una segunda oportunidad, también para ella.

Y le dice a todo el que la quiere escuchar que no cambiaría su vida por la de nadie, y que está segura de que no se merece lo que le ha pasado, pero que asume la responsabilidad de sus decisiones y que sólo espera vivir lo suficiente para ver cómo sus hijos salen del hoyo en el que están metidos.

Doña Candelaria sale todos los días a pasear “porque pasear todavía es gratis” [sic] y siempre con la sonrisa en la cara “porque la gente no se merece que le traslades tus problemas, ya tiene bastante con los suyos” [sic].                   

Yo he podido hablar con Doña Candelaria en varias ocasiones y lo que más me ha sorprendido siempre es que, debajo de sus problemas, debajo de sus angustias, debajo de sus miedos, surge una firme convicción que le hace sacar fuerzas de “no se sabe donde” y que tiene que ver con el orgullo de ser responsable de tus actos en la vida y con la dignidad que hay que tener para asumir las graves consecuencias de tus decisiones.

Creo que Doña Candelaria ha sido y será mucho más que la mujer o la madre de unos simples autónomos, estoy convencido de que esas pequeñas empresas que tanto supusieron para los suyos nunca hubieran sido posibles sin su figura y por ello desde aquí me gustaría rendirle un gran homenaje en forma de una única palabra: ¡GRACIAS!   

Si quieres escuchar este artículo de viva voz pincha aquí            Doña Candelaria

martes, 6 de marzo de 2012

La prensa dice...


No hay huevos.
 La locura de ser emprendedor en España.
 

Lo que todavía nadie se había atrevido a escribir sobre el riesgo de montar un pequeño negocio en nuestro país. Manuel Dafonte Catoira se arriesga a hablar, como él dice, “desde la ruina”.
 


Madrid, 6 de marzo de 2012. La visión más sincera de lo que significa ser pequeño empresario hoy en día en España, contada desde la experiencia de un empresario arruinado que todavía sigue creyendo en el emprendimiento como única salida a la crisis.
Manuel Dafonte Catoira, en su libro “No hay huevos. La locura de ser emprendedor en España”   nos alerta sobre varios aspectos de la creación de empresas que deberíamos tener en cuenta para que nunca podamos decir eso de  “es que yo no sabía…”
En menos de una hora devoraremos las cien páginas de este libro donde la autenticidad del relato sólo puede estar basada en una de las más duras experiencias profesionales y personales que se pueden vivir como empresario: la ruina. 
Empresarios ilusionados, nunca ilusos.
Manuel Dafonte Catoira nos propone una reflexión sobre los tres factores que viven inseparablemente unidos en un emprendedor: la locura, la ilusión y la experiencia. Cuando hay poca experiencia se exageran los otros dos y cuando sobra experiencia, la locura y la ilusión se oscurecen.
Tan mala, según el autor, una situación como la otra. “Emprender con éxito es acertar con la combinación ideal de experiencia, ilusión y locura.    
Divulgador empresarial con más de 20 años de experiencia como empresario, se ha especializado en lo que él mismo denomina  “Terapia empresarial” desde que se arruinó en 2008.
Esa ‘terapia’ consiste en aconsejar gratuitamente desde su experiencia dual (éxito-fracaso) a pequeños empresarios que puedan estar enfrentándose a cualquier dificultad grave en su negocio.
Por otro lado, desde su firme convicción de que sólo creando pequeñas empresas rentables saldremos de esta crisis, se dedica a asesorar a emprendedores en la fase previa al lanzamiento de sus proyectos.