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lunes, 2 de junio de 2014

DESEMPRENDER

Este es el único término que me faltaba por acuñar en el proceloso mundo del emprendimiento.

Estoy especialmente orgulloso de haber dado cuerpo a la palabra ‘emprendesario’ o al vocablo ‘emperdedor’ pero ninguno de ellos tiene tanta carga de profundidad en estos momentos como ‘desemprender’ o su variante ‘desemprendedor’.

Desemprender es nadar contra corriente, es ir en contra de la moda que nos envuelve de que todo el mundo puede montar un negocio o crear su propia empresa.

Desemprender es enarbolar un discurso realista y echarse a un lado cuando uno conoce sus limitaciones y sabe que el autoempleo no es lo suyo.

Desemprender es ser coherente incluso antes de haberlo intentado, es reconocerse a uno mismo en el espejo de un hipotético fracaso y apartar la mirada. 

Se puede y se debe estar muy orgulloso de ser un desemprendedor, lo mismo que cuando se es emprendedor, porque no intentar ciertas cosas en la vida en ningún caso supone fracasar o ser menos que nadie, más bien al contrario, puede suponer un síntoma de inteligencia que acabe marcando la diferencia entre nuestro éxito o nuestro fracaso como personas.

Me consta que hay mucho desemprendedor que no se atreve a “salir del armario” y disimula cada día haciéndose pasar por lo que no es. Sé que no es fácil cambiar cuando estás literalmente atrapado por un remolino de compromisos, de necesidades, de deudas, pero también sé que nunca vas a ser feliz si aquello que te ocupa más de la mitad de tu existencia diaria no es aquello que deseas.

Quiero, me gustaría, prometo que me empeñaré en ello todo lo que haga falta, ayudarte a romper tus cadenas de pseudoemprendedor y lograr que reconozcas (primero a ti mismo) que, en realidad, aspiras a desemprender y que lo vas a hacer cuanto antes, que no vas a permitir que sea demasiado tarde.

Tú no aspiras a las escasas satisfacciones que tiene el autoempleo, tú quieres vivir tranquilo y prefieres que las decisiones las tomen otros, especialmente aquellas que pueden tener consecuencias irrevocablemente negativas.

Tú quieres vivir en paz, comprometido en desarrollar lo mejor posible una actividad útil para otros, un trabajo que te reporte lo suficiente para comer y dar de comer a los tuyos (metafórica comida que nos sirve para definir aquellas necesidades básicas de la vida que, una vez cubiertas, nos permiten ser un poquito felices).

Si eres emprendedor de los de verdad, la vida está ahí para comértela a mordiscos, aunque te muerdan, las oportunidades sólo esperan a que tú las descubras, y las utilices, el fracaso apenas son siete letras que asustan menos si las ordenas de nuevo como ‘cosfara’ y te imaginas que se refieren a una exótica comida. 

Si eres emprendedor estás dispuesto a empezar de nuevo aunque sepas que el árbitro está a punto de pitar el final del partido, aunque sólo sea porque no podrías permitirte vivir con la sensación de duda que genera “el qué hubiera pasado si…”

Te lo pido por favor, no te engañes a ti mismo, no quieras ser lo que no eres, no intentes ser lo que otros quieren que seas, no emprendas sino eres emprendedor, y si ya lo has hecho: desemprende, cuanto antes, ya, hoy mismo, no esperes a que la telaraña te atrape un poco más en cada movimiento desesperado, en cada huida hacia delante, en cada suspiro por todo lo que nunca fuiste.

Un desemprendedor vivo es mucho mejor que un casi-emprendedor muerto. Y a ti te queremos vivo, sano, feliz, fuerte, optimista. Los que somos emprendedores de verdad te necesitamos para que nos ayudes, sin ti nuestras empresas sólo serían un solitario y aburrido lugar donde ir a trabajar, una ficción compuesta por nosotros mismos y nadie más.   

La actitud proviene de la esencia de tu ser, de lo más profundo de las emociones, y nunca tendrás actitud emprendedora si tu corazón no late en clave de asumir el riesgo inherente a la libertad de ser el verdadero dueño de tu destino.

miércoles, 7 de mayo de 2014

CINCUENTA SOMBRAS DE QUÉ...

Metáfora de nuestras carreteras en cualquier puente: algunos pueden circular a una velocidad adecuada, otros van como ‘motos’ rozando la ilegalidad y, la mayoría, estamos ‘atascados’.

La situación económica general es igual para todos sólo que a unos les ha cogido en la carretera correcta y con el coche lleno de gasolina y a los más sin pasar la ITV, con el chivato de la reserva tocando las narices y en una infame vía en obras en la que sólo tienes dos opciones, parar en el arcén o aborregarte pensando que sería mucho peor estar parado.

Pero la economía en España parece que se ‘pone dura’, que fluye por ella la sangre como nunca (la que nos chupan a los españolitos) y la hace crecer y levantarse cada día más.

Tan excitada está nuestra economía, nos dicen, que nos va a eyacular encima en cualquier momento.

Sin embargo la España real parece decirle a nuestros jóvenes cual reencarnación de Lola Flores “Si me queréis, ¡irse!”

Será que esta juventud no ha descubierto la esencia del sadomasoquismo, ¡con el gustito que da!

Ahora que están de moda los romances (que dirían los portugueses) con tramas aterciopeladas de castigo consentido, España azota a sus ciudadanos con falacias sobre recuperación y crecimiento.

Los españoles, que no son tontos, perdón, vuelvo a empezar: los españoles que no son tontos, cada vez que reciben un latigazo en forma de subida del recibo de la luz, de copago sanitario, de salarios miserables, o cualquier precariedad del estilo, gritan, intentan rebelarse, desatarse de este estado de malestar en el que se ha convertido el país en el que viven.

Pero, para su desgracia, no se acuerdan de la palabra de seguridad, esa que es imprescindible para detener el placer cuando se convierte en sufrimiento. Quizá nunca hubo tal palabra, quizá nos la dijeron pero no le dimos importancia, quizá… Ya da igual, los azotes están dejando de tener gracia.

Sombras, eso es lo único que vemos tras la promesa de que en lugar muy, muy arriba existe un sol de recuperación económica que, necesariamente, pensamos, debe ser quién las genere al chocar con nuestros cuerpos estigmatizados por cientos de laceraciones mal curadas tras años de castigo consentido.

Cincuenta sombras, todas y cada una proyectadas hacia un suelo donde, como buenos sumisos, nos obligan a dirigir la mirada, un suelo lleno de mierda que los que manejan el látigo económico no ven ni huelen.

Cincuenta sombras ¿de qué? si la mayoría somos entes transparentes para la recuperación económica, futuros desechos tributarios cuando nos hayan exprimido la última gota de dignidad, inservibles hasta para el bondage más abyecto. 

Cincuenta sombras ¿de qué? si cuando nos demos cuenta la única silueta que proyectaremos algunos será del mismo grosor que la vara usada para darnos ‘gusto’. 

Esclavos puede, imbéciles jamás. Sabemos que en la negrura de la precariedad, del no futuro, de la miseria, no caben las sombras, por eso aunque el fingido orgasmo económico retumbe sobre nuestras cabezas, nos parecerá estar oyendo el doméstico restallar del látigo que nos arranca a jirones la esperanza de volver a ver la luz y, junto a ella, nuestra verdadera sombra.

lunes, 24 de marzo de 2014

NEGRO MURO

Apo tiene una edad, aunque no quiere que se sepa. Negro como la mayoría de sus compañeros, ahora está algo teñido: de rojo y de roja. De sangre y de España.

Apo tiene una patria pero no le importará relegarla a lo más profundo de sus recuerdos por un tiempo. Todo porque no quiere que más de dos años de viaje acaben en el mismo lugar donde empezaron.

Apo tiene una madre y, probablemente, un padre, aunque no lo haya conocido jamás. Y también una hermana, Amila, al menos es así como aparece en su perfil de Facebook, porque Amila tiene Facebook, y Apo también.

Una página en la que ha ido relatando su odisea cuando ha podido acceder a Internet desde su subsahariano teléfono móvil. Un muro lleno de fotos que nos hablan más de una huida que de una emigración.

Apo hoy está feliz, su sonrisa le delata, en la última foto que ha subido a la red esa sonrisa es más blanca que nunca, media luna que refulge como seguro lo hizo el satélite en algunas de las noches frías en las que Apo durmió mirándolo fijamente.

Apo ya está con nosotros y planea quedarse por mucho tiempo. Por sus venas fluirá durante años la esencia de la necesidad y, aunque es muy joven, tardará en olvidar por qué se fue y para que vino. Facebook estará siempre ahí para recordárselo y para que sus ‘amigos’ de allá abajo sigan su ejemplo y empiecen su propia odisea hasta llegar a un negro muro, negro de noche oscura, negro de piel y de futuro negro, un muro digital lleno de aristas donde perder las huellas, un muro donde las únicas fotos que se pueden subir son autorretratos de poca carne y de muchos huesos.

En poco tiempo Apo chapurreará un castellano eficiente que le permitirá buscarse la vida cada vez mejor, y seguirá compartiendo nostalgia y penalidades en su lengua natal con otros como él que, sino totalmente, algo le entenderán.

Su muro de Facebook se alimentará mejor que él, ya que Apo no puede permitir que su hermana sea la que invente las mentiras sobre España que su madre necesita oír, pero llegará un día en que Apo chocará con ese techo de cristal que a todos devuelve una imagen apagada, de un hombre mayor que nadie reconocería como el joven que traspasó aquella valla metálica, un cristal, cual espejo retrovisor, que idealiza lo que un día se quedó tras ese muro.    

Apo se engañará a sí mismo, como todos, y se convencerá de que las cicatrices todavía visibles de su cuerpo y las heridas siempre abiertas de su alma son un justo peaje por franquear una barrera hacia una vida mejor de la que hubiera tenido. Pensará que sólo debe arrepentirse de lo que no ha hecho, que lo que sucede conviene y que a él le han sucedido tantas cosas que no tiene derecho a quejarse.

Y su muro, que poco a poco irá siendo algo menos negro y un poco más gris, reflejo de sus cabellos tempranamente encanecidos y de sus recuerdos metálicos, seguirá proyectando una vida idealizada para quien, al otro lado del mundo, en un lugar enfrascado eternamente en conflictos alimentados por la miseria y la codicia, quiera creérsela.

Apo, como siempre ha hecho desde que salió de su otra patria, comprueba el nivel de batería de su móvil, de forma obsesiva, cada cinco minutos. En una de esas miradas furtivas descubre un mensaje. Es un mensaje de Facebook, firmado por un tal Mark, que le da las gracias por formar parte durante tanto tiempo, y de un modo tan activo, de su red social. Un mensaje donde Mark le invita a ver un vídeo hecho especialmente para él titulado Look back.

Apo posa su dedo corazón encima del enlace, duda un instante y, al final, presiona. Al cabo de unos segundos decenas de imágenes aparecen ante sus ojos transportándolo a través de una vida que, ahora lo sabe, nunca fue la suya.

Fundido en negro, fin de la historia, de nuevo delante de un muro. Ahora sólo le queda decidir si lo llena de auténtica vida. 

Apo apaga el móvil por primera vez en muchos años, se seca las lágrimas y, sin que nadie pueda evitarlo, se deja caer a la vía justo antes de que el metro frene en su última estación.

sábado, 8 de marzo de 2014

EMPRECARIOS

Hace unos días, antes de que WhatsApp pasase a formar parte de Facebook, circulaba por ambas redes un texto que nos avisaba de que vivíamos en momentos extraños. Nos decía que, en España, “la clase trabajadora no tiene trabajo, la clase media no tiene medios y la clase alta no tiene clase”.

Ironías aparte, esta referencia a las clases sociales nos trae a la memoria a Guy Standing y a su libro “El precariado”, un neologismo que explica muy bien la fragmentación social que se ha dado en España en los últimos siete años de crisis, donde la polarización de la sociedad se ha impuesto definitivamente, dejando en un lado a las plutocracias y oligarquías tradicionales que representan menos del 10% de la población y, en el otro, al más del 90% de los ciudadanos que han visto esfumarse sus ahorros, su protección social y su futuro laboral y que se han tenido que instalar en unas circunstancias de ‘normalidad’ que algunos han definido incluso como “miseria digital”.

Ya no importa tanto el origen o el nivel de formación de las personas, en España confluyen en esa nueva clase social obreros sin cualificación y licenciados universitarios, autónomos y trabajadores de multinacionales, artistas y funcionarios, hombres y mujeres, jóvenes sin experiencia y mayores de cincuenta con una larga y exitosa trayectoria laboral a sus espaldas. Es un batiburrillo difícil de clasificar, un grupo tan heterogéneo que ni siquiera muchos de sus miembros son conscientes de que pertenecen a esta ‘emergente’ clase social.

A todos les une, sin embargo, la imposibilidad de salir de este averno con techo de cristal blindado que los de ‘arriba’ se encargan cada día de reforzar un poquito más con el fin de que no haya filtraciones hacia sus dominios.

Pero es sin duda, la imposibilidad de reponer los pocos recursos de los que van echando mano para sobrevivir (ahorros, patrimonio, amigos, ilusión), el recorte inverosímil de gastos familiares hasta extremos de economía de posguerra y, por último, su inmersión obligada en la fosa abisal de la morosidad lo que, de verdad, les une.

Es absurdo seguir negándote a ti mismo que estás con todos nosotros en el precariado. Cuanto antes lo asumas antes podremos organizarnos para intentar ayudarnos a vivir en él sin renunciar a convertirlo en algo mejor, e incluso a experimentar con fórmulas que puedan quebrar el vidrio laminado de seguridad transparente que nos aisla, mientras nos permite verla, de esa otra vida: la ‘supervida’.

Si tus gastos son los mínimos posibles y aún así no puedes pagarlos, si tus ingresos son claramente insuficientes para garantizarte una edad de jubilación o para pagar el techo donde has de vivir, desengáñate, eres un precario.

“Con escasa estabilidad, seguridad o duración, que carece de los recursos y medios económicos suficientes” Así te define el diccionario.

Ahora bien, si además tienes un pequeño negocio y estás intentando sobrevivir de él, entonces, enhorabuena, ya eres EMPRECARIO, el súmmum del precariado.         

Como EMPRECARIO, de forma silenciosa, imperceptible, el virus de la precariedad se habrá ido instalando en ti, como la vejez, inexorable pero de ataque pausado y constante, haciéndote creer que a ti no te llegará a afectar nunca ya que, piensas, “sólo tengo que mirar un poco más lejos en mi horizonte vital para alejarla, total ahora se muere con más de 100”.

Pasará, vendrán tiempos mejores, sólo hay que ser optimistas y ‘apretarse los machos’ ahora. Pasará (gritas), seguro que pasará.

¿Y si fuese esa la clave? Pasar, en el sentido más anglosajón de dejar de estar en este mundo. Muchos EMPRECARIOS pensamos que es peor la muerte a plazos que el accidente fatal donde ya no es posible enviar mensajes de despedida pero la liberación es automática.

Somos EMPRECARIOS, subclase de un precariado, aferrados a una existencia entre marcas blancas y recuerdos de lo que un día nos pareció el triunfo merecido por tanto esfuerzo. Y tú eres uno de los nuestros porque no hay otro lugar en esta sociedad dual totalmente desequilibrada donde puedas esconderte.

Cuando preguntes a otro autónomo o pequeño empresario ¿Qué tal? y te responda con un lacónico –Tirando- habrás descubierto nuestra contraseña, nuestra palabra clave: tirando, vivimos, de una pesada carga que no nos deja avanzar, creer que otros tiempos  volverán.

¡Jamás! Nunca volveremos a ser los mismos, deberemos aprender a querer esa imagen difusa todavía que el espejo nos devuelve cada mañana y que nos muestra levemente en lo que llegaremos a convertirnos.

Sí, es verdad, fuimos emprendedores, más tarde empresarios, pero ahora nos han transformado en EMPRECARIOS, por eso te hago esta pregunta para saber si ya eres de los nuestros:


Y tú ¿también vas tirando?       

sábado, 14 de diciembre de 2013

La Fuerza de los Valores en empresas con dificultades.

“Estaba seguro de que mis decisiones tendrían consecuencias. Sólo esperaba que perjudicasen al menor número de personas. Lo que empezaba a intuir es que el mayor daño me lo acabaría infligiendo a mí mismo. Era, sin duda, el precio que iba a tener que pagar por hacer lo correcto, y estaba dispuesto a pagarlo, lo que nunca imaginé es que ese precio fuese tan alto”

No soy filósofo moral y por tanto intentaré evitar caer en adoctrinamientos o juicios morales, pero aunque no me dedique al estudio de la ética me atreveré a transmitir experiencias formadas por la combinación de unos principios morales personales aplicados a una serie de decisiones empresariales que tuve que tomar en un momento clave de mi vida profesional.

Pero empecemos por el principio, explicando cuál  es esa experiencia que me permite compartir hoy con usted una serie de reflexiones sobre el gran valor que tiene hacer lo correcto cuando tu empresa pasa por dificultades muy graves e, incluso, como fue mi caso, cuando está condenada irremisiblemente a la desaparición.

Mi historia empresarial empieza en el año 1993 y se parece mucho a la de miles de emprendedores que sueñan con convertirse en grandes empresarios sin saber muy bien lo que eso supone. Es un largo camino que convierte un micro emprendimiento de dos personas (mi socio y yo) en una mediana empresa de ámbito nacional con más de treinta delegaciones y más de cien empleados dependientes de la misma.

Una actividad floreciente, la intermediación hipotecaria, con un futuro prometedor en España. Si representásemos gráficamente la evolución de mi negocio durante los quince años que estuvo en marcha, observaríamos los típicos dientes de sierra en claro ascenso justo hasta muy pocos meses antes de su quiebra.

Hago mía la frase “que buenos recuerdos tiene la mala memoria” y, por ello, tendrá usted, lector, que perdonarme la subjetividad de lo que voy a describir a continuación, ya que es el reflejo emocional de los últimos meses de vida de un negocio exitoso que, de un día para otro, se ve invadido por una metástasis devastadora que impide cualquier tratamiento que no sea puramente paliativo y, en muchas áreas, ni siquiera eso.

-Nueve de agosto de 2007 (nueve meses antes del cierre).

El Banco Central Europeo realiza la primera inyección de liquidez extraordinaria en el sistema financiero, la crisis hipotecaria ha llegado a Europa.

A partir de ese momento y hasta hoy (2013), la sequía crediticia, producto de la falta de liquidez real en el sistema, será endémica, y cualquier negocio dedicado a intermediar entre los que necesitan dinero y aquellos que lo prestan (o mejor, prestaban) estará herido de muerte. 


-Octubre de 2007 (siete meses antes del cierre).

Los indicadores habituales del negocio hacen que salten las alarmas, es necesario tomar medidas.

Mientras el flujo de potenciales clientes que necesitan nuestros servicios no desciende (incluso repunta), el cierre de operaciones cae estrepitosamente.

-Noviembre de 2007 (seis meses antes del cierre).

Las previsiones de liquidez impedirán en breve hacer frente a los gastos corrientes del negocio, en especial a los salarios. Se presenta un plan de choque al total de la plantilla que implica, sobre todo, una reducción extrema de los gastos, pasando estos en menos de un trimestre a representar apenas un tercio de los habituales.

-Diciembre de 2007 (cinco meses antes del cierre).

El plan de choque se queda corto, la previsión de ingresos moderados apenas se logra y se necesitan nuevos ajustes, empiezan los despidos y los cierres de oficinas emblemáticas (ambas decisiones sustentadas en la creencia de que la supervivencia todavía era posible).

-Enero de 2008 (cuatro meses antes del cierre).

Los ingresos no se recuperan, recurrimos a la formalización de un nuevo préstamo bancario agotando el último de nuestros cartuchos de solvencia: la confianza en nosotros mismos y el apoyo de nuestro equipo.

-Febrero de 2008 (tres meses antes del cierre).

Ambos socios nos damos cuenta de que, incluso habiendo dado todos los pasos anteriores, sin un pulmón financiero mucho más fuerte, nos será imposible aguantar los próximos meses de crisis “hasta que la situación del sistema financiero se estabilice” decíamos ¡pobres ingenuos!

Decidimos escuchar, esta vez en serio, una de las propuestas de compra de la empresa que nos habían hecho hacía más de un año. Activamos esa vía con celeridad, nos aferramos a un clavo ardiendo que tendría que ser la antesala del milagro que necesitábamos para salvarnos.

-Marzo de 2008 (dos meses antes del cierre).

La opción de que la gran empresa francesa cotizada en la Bolsa de París nos compre choca con nuestra imperiosa necesidad de liquidez. El proceso que pretenden abrir es incompatible (por su duración) con nuestra necesidad inmediata de fondos.

-Abril de 2008 (un mes antes del cierre).

Los socios decidimos presentar Concurso Voluntario de Acreedores, conscientes de que íbamos a incumplir nuestras obligaciones de pago por incapacidad manifiesta. Utilizamos los últimos recursos de la empresa para pagar el proceso concursal dejando de atender el resto de los compromisos adquiridos, especialmente con nuestros empleados. Se toma, paralelamente, la decisión de no atender a más clientes.

-Mayo de 2008 (cierre de la empresa).

Se presenta en los juzgados de lo mercantil el Concurso de Acreedores y la empresa queda ‘varada’ en el último día de actividad. Se inician las conversaciones con los proveedores y, en especial, con los franquiciados, además de continuar las mismas con aquellos empleados que todavía pertenecían a la plantilla y que están abocados a cobrar su indemnización del Fondo de Garantía Salarial. La fotografía del que ya es un negocio inerte se graba en mi recuerdo para siempre.

-De junio de 2008 a enero de 2012.

El proceso concursal sigue su curso, empezando por el nombramiento de los Administradores Concursales, la explicación a los mismos de por qué la quiebra era el único objetivo posible y la realización, antes y después del fallo y calificación de quiebra fortuita que nos exentaba a los socios  administradores solidarios de cualquier responsabilidad en la muerte de nuestro sueño, de miles e inútiles trámites ante los organismos públicos para, por fin. llegar a la liquidación del poco activo tangible que una empresa de servicios puede todavía atesorar en una situación como la nuestra.

-En la actualidad.

Al haber avalado personalmente la mayoría de las deudas bancarias de nuestras sociedades mercantiles, y en cumplimiento del artículo 1.911 del Código Civil español, ambos socios seguimos arrastrando una carga financiera tan enorme que nos impide actuar con normalidad en cualquier actividad económica. Esperamos la aprobación de una ley de segunda oportunidad o de una ‘amnistía emprendedora’ ya que ni siquiera podemos confiar en una prescripción de dichas deudas ya que ésta sólo empezaría a contar cuando existiese una reclamación judicial de los acreedores, cosa que es muy improbable que se produzca al ser conscientes aquellos de que no tienen expectativas reales de cobrar.

Hasta aquí los hechos, a partir de aquí el análisis de aquellas decisiones que creímos correctas y que, básicamente, consistieron en poner por delante la posible (imposible como se vio después) salvación de la empresa y dejar en un segundo plano nuestra salvación personal.

Hacer lo correcto empieza, en nuestro caso, por decir lo correcto, por hablar sin tapujos, evitando la mentira. Paradójicamente la verdad es también subjetiva para quien la escucha y no quiere aceptarla, pero aún así, a largo plazo ‘poner las cartas sobre la mesa’ fue la mejor decisión empresarial que pudimos tomar.

¿Cómo les dices a tus empleados que no vas a poder pagar su salario? Sin ambages, cuanto antes. Aunque la sombra de la desconfianza se cierna sobre ti, pensando ellos que les ocultas información, que quizá exista más dinero del que dices no tener y, sobre todo, que quizá ese dinero lo estés poniendo ‘a buen recaudo’, aún así hay que decir la verdad, ya se encargará el tiempo de demostrar que eran completamente ciertos los hechos que tú defendías y que tu intención era evitar males mayores o daños irreparables.   

En el caso de proveedores que han colaborado con tu proyecto o de distribuidores, delegados, franquiciados que te han pagado un canon para que les permitieses representar a tu marca, la que ahora va a desaparecer, en todos estos casos la comunicación rápida y veraz (por muy cruda que sea) es imprescindible.

Ahora bien, decir lo correcto, decir la verdad, sin duda es liberador a largo plazo, pero resulta absolutamente tóxico a corto para el que la transmite en primera persona como responsable de las malas noticias. En un proceso de somatización inevitable, hacer lo correcto diciendo la verdad cuando ésta es una verdad tan negativa y, además, debe comunicarse muchas veces en un corto periodo de tiempo, supondrá inevitablemente que el emisor caiga enfermo. La esperanza será que dicha enfermedad sólo sea leve y nos permita afrontar con entereza las siguientes acciones que deberemos llevar a cabo indefectiblemente para seguir haciendo lo correcto.

Hacer lo correcto cuando tu futuro inmediato es la ruina significa también no engañarte a ti mismo o, aún mejor, demostrar que te conoces muy bien a ti mismo. Si conoces cuál es tu grado de ataraxia sabrás hasta donde vas a ser capaz de soportar la presión del momento mucho antes de empezar a pensar en ‘tirar la toalla’, ya que lo fácil, cuando todo está perdido, es dejar de hacer lo correcto y pasar a no hacer nada.

Hacer lo correcto en una situación de máxima dificultad empresarial sólo produce réditos a largo plazo, a corto nos aboca a la enfermedad como ya hemos visto. Ante este panorama ¿alguien me puede exigir que haga lo correcto? Sí, yo mismo, se lo debo a mi yo futuro, el que mirará hacia atrás y me agradecerá que hubiese sido coherente con mis principios.

Mantener la calma, actuar con templanza, facilita la toma de decisiones críticas, especialmente en materia de dinero. Hacer lo correcto con el dinero cuando éste no existe supone establecer criterios éticos para dejar de pagar a unos antes que a otros en función del daño que, tú crees, puedes causar. En cualquier escala que fabriques, desgraciadamente, tú deberás ser el último en cobrar, o lo que es lo mismo, en no cobrar. Y esta es una decisión demoledora porque si ya no vas a disponer de recursos de ningún tipo en el proceso de caos en el que está inmersa tu empresa, el principio genético de supervivencia te dice que pongas el foco de tu esfuerzo y de tu tiempo en otro lugar, en un lugar donde, al menos, puedas obtener un rendimiento que te permita sobrevivir.

Por tanto hacer lo correcto es ir contra natura, es obligarse a cerrar convenientemente un proyecto antes de abrir otro, aún a riesgo de quedar tan mermado que te cueste empezar de nuevo. Eres humano y, por ende, un ser social. Tus decisiones de ética extrema afectarán también gravemente a tu círculo familiar y es muy probable que no las entiendan en el momento en que las estás llevando a cabo pero, quizá algún día lejano, sabrán valorarlas en su justa medida, incluso como enseñanzas a imitar .     

Es muy difícil hacer lo correcto en situaciones dramáticas donde el egoísmo es la solución socialmente aceptada y donde la tolerancia ante decisiones amorales justificadas en la necesidad de sobrevivir son pautas ambas habituales de los que ‘poniéndose en tu lugar’ entienden que “lo hacías por imperiosa necesidad”, que “es justificable”, que “lo primero son tus hijos”.

Lo siento, hacer lo correcto, en este caso que nos ocupa, es ponerte en el lugar que tus decisiones y las circunstancias te han otorgado: siempre por debajo de todos los demás, porque, en definitiva, hablamos de personas y de evitarles el mayor daño posible.

Desgraciadamente, el 99% de nosotros afirmaríamos incluso con cierta rotundidad que, en el caso de que nos sucediese lo que en este capítulo he ido relatando, seríamos honestos y haríamos lo correcto, pero cuando nos encontrásemos en situación tan extrema, probablemente ese mismo 99% intentaría primero salvarse a sí mismo ‘caiga quien caiga’.

La heroicidad ética rayana en la auto inmolación está muy poco valorada, pero cuando la has probado en tus propias carnes te transforma para siempre, en positivo, porque si hay una fuerza interior magnífica es la que te aporta el ser coherente hasta las últimas consecuencias.

Ahora sólo te queda sobrevivir, pero totalmente consciente de que, si te volviese a suceder cosa igual, si volvieses a tener que tomar decisiones tan extremas, no tendrías dudas de que sólo valdría la pena hacer una cosa: lo correcto. 

Es una cuestión de valores pero también de conciencia y, por tanto, sólo cuando aquella esté tranquila tú estarás satisfecho y, al llegar la noche, podrás disfrutar de la mejor recompensa que cada día nos da la vida: descansar en paz.