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sábado, 8 de marzo de 2014

EMPRECARIOS

Hace unos días, antes de que WhatsApp pasase a formar parte de Facebook, circulaba por ambas redes un texto que nos avisaba de que vivíamos en momentos extraños. Nos decía que, en España, “la clase trabajadora no tiene trabajo, la clase media no tiene medios y la clase alta no tiene clase”.

Ironías aparte, esta referencia a las clases sociales nos trae a la memoria a Guy Standing y a su libro “El precariado”, un neologismo que explica muy bien la fragmentación social que se ha dado en España en los últimos siete años de crisis, donde la polarización de la sociedad se ha impuesto definitivamente, dejando en un lado a las plutocracias y oligarquías tradicionales que representan menos del 10% de la población y, en el otro, al más del 90% de los ciudadanos que han visto esfumarse sus ahorros, su protección social y su futuro laboral y que se han tenido que instalar en unas circunstancias de ‘normalidad’ que algunos han definido incluso como “miseria digital”.

Ya no importa tanto el origen o el nivel de formación de las personas, en España confluyen en esa nueva clase social obreros sin cualificación y licenciados universitarios, autónomos y trabajadores de multinacionales, artistas y funcionarios, hombres y mujeres, jóvenes sin experiencia y mayores de cincuenta con una larga y exitosa trayectoria laboral a sus espaldas. Es un batiburrillo difícil de clasificar, un grupo tan heterogéneo que ni siquiera muchos de sus miembros son conscientes de que pertenecen a esta ‘emergente’ clase social.

A todos les une, sin embargo, la imposibilidad de salir de este averno con techo de cristal blindado que los de ‘arriba’ se encargan cada día de reforzar un poquito más con el fin de que no haya filtraciones hacia sus dominios.

Pero es sin duda, la imposibilidad de reponer los pocos recursos de los que van echando mano para sobrevivir (ahorros, patrimonio, amigos, ilusión), el recorte inverosímil de gastos familiares hasta extremos de economía de posguerra y, por último, su inmersión obligada en la fosa abisal de la morosidad lo que, de verdad, les une.

Es absurdo seguir negándote a ti mismo que estás con todos nosotros en el precariado. Cuanto antes lo asumas antes podremos organizarnos para intentar ayudarnos a vivir en él sin renunciar a convertirlo en algo mejor, e incluso a experimentar con fórmulas que puedan quebrar el vidrio laminado de seguridad transparente que nos aisla, mientras nos permite verla, de esa otra vida: la ‘supervida’.

Si tus gastos son los mínimos posibles y aún así no puedes pagarlos, si tus ingresos son claramente insuficientes para garantizarte una edad de jubilación o para pagar el techo donde has de vivir, desengáñate, eres un precario.

“Con escasa estabilidad, seguridad o duración, que carece de los recursos y medios económicos suficientes” Así te define el diccionario.

Ahora bien, si además tienes un pequeño negocio y estás intentando sobrevivir de él, entonces, enhorabuena, ya eres EMPRECARIO, el súmmum del precariado.         

Como EMPRECARIO, de forma silenciosa, imperceptible, el virus de la precariedad se habrá ido instalando en ti, como la vejez, inexorable pero de ataque pausado y constante, haciéndote creer que a ti no te llegará a afectar nunca ya que, piensas, “sólo tengo que mirar un poco más lejos en mi horizonte vital para alejarla, total ahora se muere con más de 100”.

Pasará, vendrán tiempos mejores, sólo hay que ser optimistas y ‘apretarse los machos’ ahora. Pasará (gritas), seguro que pasará.

¿Y si fuese esa la clave? Pasar, en el sentido más anglosajón de dejar de estar en este mundo. Muchos EMPRECARIOS pensamos que es peor la muerte a plazos que el accidente fatal donde ya no es posible enviar mensajes de despedida pero la liberación es automática.

Somos EMPRECARIOS, subclase de un precariado, aferrados a una existencia entre marcas blancas y recuerdos de lo que un día nos pareció el triunfo merecido por tanto esfuerzo. Y tú eres uno de los nuestros porque no hay otro lugar en esta sociedad dual totalmente desequilibrada donde puedas esconderte.

Cuando preguntes a otro autónomo o pequeño empresario ¿Qué tal? y te responda con un lacónico –Tirando- habrás descubierto nuestra contraseña, nuestra palabra clave: tirando, vivimos, de una pesada carga que no nos deja avanzar, creer que otros tiempos  volverán.

¡Jamás! Nunca volveremos a ser los mismos, deberemos aprender a querer esa imagen difusa todavía que el espejo nos devuelve cada mañana y que nos muestra levemente en lo que llegaremos a convertirnos.

Sí, es verdad, fuimos emprendedores, más tarde empresarios, pero ahora nos han transformado en EMPRECARIOS, por eso te hago esta pregunta para saber si ya eres de los nuestros:


Y tú ¿también vas tirando?       

sábado, 14 de diciembre de 2013

La Fuerza de los Valores en empresas con dificultades.

“Estaba seguro de que mis decisiones tendrían consecuencias. Sólo esperaba que perjudicasen al menor número de personas. Lo que empezaba a intuir es que el mayor daño me lo acabaría infligiendo a mí mismo. Era, sin duda, el precio que iba a tener que pagar por hacer lo correcto, y estaba dispuesto a pagarlo, lo que nunca imaginé es que ese precio fuese tan alto”

No soy filósofo moral y por tanto intentaré evitar caer en adoctrinamientos o juicios morales, pero aunque no me dedique al estudio de la ética me atreveré a transmitir experiencias formadas por la combinación de unos principios morales personales aplicados a una serie de decisiones empresariales que tuve que tomar en un momento clave de mi vida profesional.

Pero empecemos por el principio, explicando cuál  es esa experiencia que me permite compartir hoy con usted una serie de reflexiones sobre el gran valor que tiene hacer lo correcto cuando tu empresa pasa por dificultades muy graves e, incluso, como fue mi caso, cuando está condenada irremisiblemente a la desaparición.

Mi historia empresarial empieza en el año 1993 y se parece mucho a la de miles de emprendedores que sueñan con convertirse en grandes empresarios sin saber muy bien lo que eso supone. Es un largo camino que convierte un micro emprendimiento de dos personas (mi socio y yo) en una mediana empresa de ámbito nacional con más de treinta delegaciones y más de cien empleados dependientes de la misma.

Una actividad floreciente, la intermediación hipotecaria, con un futuro prometedor en España. Si representásemos gráficamente la evolución de mi negocio durante los quince años que estuvo en marcha, observaríamos los típicos dientes de sierra en claro ascenso justo hasta muy pocos meses antes de su quiebra.

Hago mía la frase “que buenos recuerdos tiene la mala memoria” y, por ello, tendrá usted, lector, que perdonarme la subjetividad de lo que voy a describir a continuación, ya que es el reflejo emocional de los últimos meses de vida de un negocio exitoso que, de un día para otro, se ve invadido por una metástasis devastadora que impide cualquier tratamiento que no sea puramente paliativo y, en muchas áreas, ni siquiera eso.

-Nueve de agosto de 2007 (nueve meses antes del cierre).

El Banco Central Europeo realiza la primera inyección de liquidez extraordinaria en el sistema financiero, la crisis hipotecaria ha llegado a Europa.

A partir de ese momento y hasta hoy (2013), la sequía crediticia, producto de la falta de liquidez real en el sistema, será endémica, y cualquier negocio dedicado a intermediar entre los que necesitan dinero y aquellos que lo prestan (o mejor, prestaban) estará herido de muerte. 


-Octubre de 2007 (siete meses antes del cierre).

Los indicadores habituales del negocio hacen que salten las alarmas, es necesario tomar medidas.

Mientras el flujo de potenciales clientes que necesitan nuestros servicios no desciende (incluso repunta), el cierre de operaciones cae estrepitosamente.

-Noviembre de 2007 (seis meses antes del cierre).

Las previsiones de liquidez impedirán en breve hacer frente a los gastos corrientes del negocio, en especial a los salarios. Se presenta un plan de choque al total de la plantilla que implica, sobre todo, una reducción extrema de los gastos, pasando estos en menos de un trimestre a representar apenas un tercio de los habituales.

-Diciembre de 2007 (cinco meses antes del cierre).

El plan de choque se queda corto, la previsión de ingresos moderados apenas se logra y se necesitan nuevos ajustes, empiezan los despidos y los cierres de oficinas emblemáticas (ambas decisiones sustentadas en la creencia de que la supervivencia todavía era posible).

-Enero de 2008 (cuatro meses antes del cierre).

Los ingresos no se recuperan, recurrimos a la formalización de un nuevo préstamo bancario agotando el último de nuestros cartuchos de solvencia: la confianza en nosotros mismos y el apoyo de nuestro equipo.

-Febrero de 2008 (tres meses antes del cierre).

Ambos socios nos damos cuenta de que, incluso habiendo dado todos los pasos anteriores, sin un pulmón financiero mucho más fuerte, nos será imposible aguantar los próximos meses de crisis “hasta que la situación del sistema financiero se estabilice” decíamos ¡pobres ingenuos!

Decidimos escuchar, esta vez en serio, una de las propuestas de compra de la empresa que nos habían hecho hacía más de un año. Activamos esa vía con celeridad, nos aferramos a un clavo ardiendo que tendría que ser la antesala del milagro que necesitábamos para salvarnos.

-Marzo de 2008 (dos meses antes del cierre).

La opción de que la gran empresa francesa cotizada en la Bolsa de París nos compre choca con nuestra imperiosa necesidad de liquidez. El proceso que pretenden abrir es incompatible (por su duración) con nuestra necesidad inmediata de fondos.

-Abril de 2008 (un mes antes del cierre).

Los socios decidimos presentar Concurso Voluntario de Acreedores, conscientes de que íbamos a incumplir nuestras obligaciones de pago por incapacidad manifiesta. Utilizamos los últimos recursos de la empresa para pagar el proceso concursal dejando de atender el resto de los compromisos adquiridos, especialmente con nuestros empleados. Se toma, paralelamente, la decisión de no atender a más clientes.

-Mayo de 2008 (cierre de la empresa).

Se presenta en los juzgados de lo mercantil el Concurso de Acreedores y la empresa queda ‘varada’ en el último día de actividad. Se inician las conversaciones con los proveedores y, en especial, con los franquiciados, además de continuar las mismas con aquellos empleados que todavía pertenecían a la plantilla y que están abocados a cobrar su indemnización del Fondo de Garantía Salarial. La fotografía del que ya es un negocio inerte se graba en mi recuerdo para siempre.

-De junio de 2008 a enero de 2012.

El proceso concursal sigue su curso, empezando por el nombramiento de los Administradores Concursales, la explicación a los mismos de por qué la quiebra era el único objetivo posible y la realización, antes y después del fallo y calificación de quiebra fortuita que nos exentaba a los socios  administradores solidarios de cualquier responsabilidad en la muerte de nuestro sueño, de miles e inútiles trámites ante los organismos públicos para, por fin. llegar a la liquidación del poco activo tangible que una empresa de servicios puede todavía atesorar en una situación como la nuestra.

-En la actualidad.

Al haber avalado personalmente la mayoría de las deudas bancarias de nuestras sociedades mercantiles, y en cumplimiento del artículo 1.911 del Código Civil español, ambos socios seguimos arrastrando una carga financiera tan enorme que nos impide actuar con normalidad en cualquier actividad económica. Esperamos la aprobación de una ley de segunda oportunidad o de una ‘amnistía emprendedora’ ya que ni siquiera podemos confiar en una prescripción de dichas deudas ya que ésta sólo empezaría a contar cuando existiese una reclamación judicial de los acreedores, cosa que es muy improbable que se produzca al ser conscientes aquellos de que no tienen expectativas reales de cobrar.

Hasta aquí los hechos, a partir de aquí el análisis de aquellas decisiones que creímos correctas y que, básicamente, consistieron en poner por delante la posible (imposible como se vio después) salvación de la empresa y dejar en un segundo plano nuestra salvación personal.

Hacer lo correcto empieza, en nuestro caso, por decir lo correcto, por hablar sin tapujos, evitando la mentira. Paradójicamente la verdad es también subjetiva para quien la escucha y no quiere aceptarla, pero aún así, a largo plazo ‘poner las cartas sobre la mesa’ fue la mejor decisión empresarial que pudimos tomar.

¿Cómo les dices a tus empleados que no vas a poder pagar su salario? Sin ambages, cuanto antes. Aunque la sombra de la desconfianza se cierna sobre ti, pensando ellos que les ocultas información, que quizá exista más dinero del que dices no tener y, sobre todo, que quizá ese dinero lo estés poniendo ‘a buen recaudo’, aún así hay que decir la verdad, ya se encargará el tiempo de demostrar que eran completamente ciertos los hechos que tú defendías y que tu intención era evitar males mayores o daños irreparables.   

En el caso de proveedores que han colaborado con tu proyecto o de distribuidores, delegados, franquiciados que te han pagado un canon para que les permitieses representar a tu marca, la que ahora va a desaparecer, en todos estos casos la comunicación rápida y veraz (por muy cruda que sea) es imprescindible.

Ahora bien, decir lo correcto, decir la verdad, sin duda es liberador a largo plazo, pero resulta absolutamente tóxico a corto para el que la transmite en primera persona como responsable de las malas noticias. En un proceso de somatización inevitable, hacer lo correcto diciendo la verdad cuando ésta es una verdad tan negativa y, además, debe comunicarse muchas veces en un corto periodo de tiempo, supondrá inevitablemente que el emisor caiga enfermo. La esperanza será que dicha enfermedad sólo sea leve y nos permita afrontar con entereza las siguientes acciones que deberemos llevar a cabo indefectiblemente para seguir haciendo lo correcto.

Hacer lo correcto cuando tu futuro inmediato es la ruina significa también no engañarte a ti mismo o, aún mejor, demostrar que te conoces muy bien a ti mismo. Si conoces cuál es tu grado de ataraxia sabrás hasta donde vas a ser capaz de soportar la presión del momento mucho antes de empezar a pensar en ‘tirar la toalla’, ya que lo fácil, cuando todo está perdido, es dejar de hacer lo correcto y pasar a no hacer nada.

Hacer lo correcto en una situación de máxima dificultad empresarial sólo produce réditos a largo plazo, a corto nos aboca a la enfermedad como ya hemos visto. Ante este panorama ¿alguien me puede exigir que haga lo correcto? Sí, yo mismo, se lo debo a mi yo futuro, el que mirará hacia atrás y me agradecerá que hubiese sido coherente con mis principios.

Mantener la calma, actuar con templanza, facilita la toma de decisiones críticas, especialmente en materia de dinero. Hacer lo correcto con el dinero cuando éste no existe supone establecer criterios éticos para dejar de pagar a unos antes que a otros en función del daño que, tú crees, puedes causar. En cualquier escala que fabriques, desgraciadamente, tú deberás ser el último en cobrar, o lo que es lo mismo, en no cobrar. Y esta es una decisión demoledora porque si ya no vas a disponer de recursos de ningún tipo en el proceso de caos en el que está inmersa tu empresa, el principio genético de supervivencia te dice que pongas el foco de tu esfuerzo y de tu tiempo en otro lugar, en un lugar donde, al menos, puedas obtener un rendimiento que te permita sobrevivir.

Por tanto hacer lo correcto es ir contra natura, es obligarse a cerrar convenientemente un proyecto antes de abrir otro, aún a riesgo de quedar tan mermado que te cueste empezar de nuevo. Eres humano y, por ende, un ser social. Tus decisiones de ética extrema afectarán también gravemente a tu círculo familiar y es muy probable que no las entiendan en el momento en que las estás llevando a cabo pero, quizá algún día lejano, sabrán valorarlas en su justa medida, incluso como enseñanzas a imitar .     

Es muy difícil hacer lo correcto en situaciones dramáticas donde el egoísmo es la solución socialmente aceptada y donde la tolerancia ante decisiones amorales justificadas en la necesidad de sobrevivir son pautas ambas habituales de los que ‘poniéndose en tu lugar’ entienden que “lo hacías por imperiosa necesidad”, que “es justificable”, que “lo primero son tus hijos”.

Lo siento, hacer lo correcto, en este caso que nos ocupa, es ponerte en el lugar que tus decisiones y las circunstancias te han otorgado: siempre por debajo de todos los demás, porque, en definitiva, hablamos de personas y de evitarles el mayor daño posible.

Desgraciadamente, el 99% de nosotros afirmaríamos incluso con cierta rotundidad que, en el caso de que nos sucediese lo que en este capítulo he ido relatando, seríamos honestos y haríamos lo correcto, pero cuando nos encontrásemos en situación tan extrema, probablemente ese mismo 99% intentaría primero salvarse a sí mismo ‘caiga quien caiga’.

La heroicidad ética rayana en la auto inmolación está muy poco valorada, pero cuando la has probado en tus propias carnes te transforma para siempre, en positivo, porque si hay una fuerza interior magnífica es la que te aporta el ser coherente hasta las últimas consecuencias.

Ahora sólo te queda sobrevivir, pero totalmente consciente de que, si te volviese a suceder cosa igual, si volvieses a tener que tomar decisiones tan extremas, no tendrías dudas de que sólo valdría la pena hacer una cosa: lo correcto. 

Es una cuestión de valores pero también de conciencia y, por tanto, sólo cuando aquella esté tranquila tú estarás satisfecho y, al llegar la noche, podrás disfrutar de la mejor recompensa que cada día nos da la vida: descansar en paz.

miércoles, 30 de octubre de 2013

PUTÓNOMAS

El otro día, caminando por la calle Montera de Madrid, a escasos metros de la Puerta del Sol, en una tarde noche abarrotada de paseantes, turistas, arribistas y demás fauna de diverso pelaje, me vino a la mente el despropósito de nuestro régimen especial de los trabajadores autónomos donde la mayoría de los emprendedores estamos porque no nos queda más remedio y donde a las prostitutas que, en ese y en otros muchos lugares de España, prestan, sin ningún interés, por cierto, sus servicios sexuales a todo aquél que esté dispuesto a pagar el precio que piden, no les dejan entrar.

Sórdido mundo el de la prostitución, como el del autónomo, sin protección ante los desmanes, siempre pendiendo de un hilo, regateando con clientes que si la ocasión lo permitiese nunca serían tales, en riesgo de exclusión, carne de cañón de enfermedades de todo tipo y sin garantía de que en un futuro no muy lejano exista algún tipo de protección social o pensión que haga su decrepitud más llevadera. Y lo mismo le pasa a las putas. 

El modelo de las putas independientes o “putónomas” como las llamaré a partir de este momento es, sin duda, la mejor lección de gestión empresarial que cualquier emprendedor puede recibir en estos duros días de necesidad si está pensando en autoemplearse, mucho mejor que cualquier master si uno tiene la paciencia suficiente y se para a observarlas un poquito.

Haga frío o calor, estén bien o mal de salud, ellas tienen que salir a vender(se), des-vistiendo sus mejores galas, sonriendo y lidiando con una segmentación de clientes impuesta por como sople el viento ese día. La competencia es brutal, las ofertas son del tipo “yo no soy tonto” y cada día las nuevas tecnologías hacen mella en su negocio (el e-commerce de la autosatisfacción se impone por inmediatez y por precio). La administración  no les pide licencia de ‘apertura’ pero impone cada vez más peajes a sus clientes, acosándolos para que se refugien en otros vicios de mayor carga impositiva.

El emprendimiento llevado a su máxima expresión. El crudo y real emprendimiento que apenas da para calentar el lugar donde se trabaja, una horizontalidad de vuelta y vuelta que te hace sentir usado y despreciado por aquellos que te compran un pedacito de tiempo sin IVA. Lo mismo que también les sucede a las putas.

Si esto sigue así todos acabaremos siendo putónomos o putónomas. Fuera del sistema, porque el sistema nos expulsa con sus costes imposibles de pagar, levantándonos cada mañana sin perder la dignidad que a la mayoría nos viene de serie, como el coraje, luchando por nuestros hijos, por nuestros padres pero, sobre todo, luchando por nosotros mismos para hacer frente al largo invierno que todavía nos queda hasta que un día decidamos dejarlo o, simplemente, nuestra mala salud o la impaciente fiereza de la lozana juventud nos saque del mercado y nos arroje a la cuneta.

Mientras tanto, no nos queda más remedio, trabajemos a destajo pero con la conciencia muy tranquila, incluso cuando la factura de nuestros servicios de supervivencia brille por su ausencia,  y por encima de todo no nos engañemos a nosotros mismos con las manidas cantinelas de “yo lo puedo dejar cuando quiera” o “esto es temporal hasta que encuentre algo mejor” porque quizá no nos dejen salir de este agujero o quizá nunca haya nada mejor fuera de él.

Igual que Edward Lewis pudo rescatar a Vivian Ward en Pretty Woman, quizá sólo nos quede soñar, como se sueña en Hollywood, que alguna gran empresa nos saque de nuestra calle Montera particular en donde ejercemos cada día el negocio de sobrevivir y quizá nos haga ricos para siempre. 

Quizá pueda sucedernos a alguno de nosotros pero si es a ti al que le pasa, no te olvides nunca de todos los que nos quedamos atrás, arropados por la tenue luz de una farola parpadeante que alarga las sombras casi tanto como nuestra miseria.      

domingo, 27 de octubre de 2013

APRENDER Y DEJARSE ENSEÑAR

Hace unos días, en una entrevista que me hicieron en RTVE, tuve la ocasión, una vez más, de insistir en la importancia de aprender del fracaso y en la necesidad que todo emprendedor tiene de contar con un mentor que haya fracasado y haya hecho lo propio.
Si emprendes tienes un 90% de posibilidades de fracasar, tu éxito será fracasar rápido y barato. La victoria radica en quedar levemente herido para poder levantarte e intentarlo de nuevo.
Si emprendes de la mano de un mentor que haya emprendido, que haya fracasado y, sobre todo, que haya aprendido de todo lo anterior, tus probabilidades de fracaso bajarán hasta el 50%.
Autoestima emprendedora toda, soberbia ninguna. Los que más saben más se dan cuenta de que les falta todo por aprender. Déjate acompañar una parte del camino y, si puedes, incluso permite que, antes de salir a caminar, alguien que tenga las suelas de sus zapatos desgastadas prepare contigo el viaje.    

http://www.rtve.es/alacarta/audios/la-lanzadera/lanzadera-17-10-13/2071442/

martes, 8 de octubre de 2013

LO QUE THOMAS JEFFERSON NUNCA DIJO

El día 28 de Mayo de 1816 Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos de América, escribió una larga carta a un amigo suyo llamado John Taylor.

En dicha misiva, entre muchas otras, aparece exactamente esta frase:

"I sincerely believe, with you, that banking establishments are more dangerous than standing armies."

“Creo, sinceramente, como tú, que los sistemas bancarios son más peligrosos que los ejércitos.” 

La leyenda que se va gestando con el paso del tiempo en torno a la figura de un personaje tan especial como Jefferson es un ‘caldo de cultivo’ perfecto para poner en su pluma algunas palabras más cáusticas:  

“Pienso que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las instituciones que florecerán en torno a los bancos, privarán a la gente de toda posesión, primero por medio de la inflación, enseguida por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertarán sin casa y sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron.”

Lo cierto es que tanto la verdad como la leyenda tuvieron oportunidad de ser demostradas en el pasado siglo XX, y como consecuencia, la plutocracia que gobierna el mundo es cada día más rica mientras que las clases medias cada día son más pobres.

Hay cientos de análisis objetivos sobre la evolución del reparto de la riqueza en los países occidentales durante los últimos 50 años y, lo único que se observa en todos ellos es una tendencia fulgurante a la concentración de la riqueza en muchas menos manos y a la extensión de la precariedad, e incluso de la pobreza, entre un mayor número de personas cada año que pasa.

Desgraciadamente la revolución tecnológica está contribuyendo, especialmente en estos países occidentales entre los que se encuentra España, a alimentar esta tendencia, ya que la creación de riqueza en forma de puestos de trabajo bien retribuidos que, por ejemplo, ha provocado Internet, no sólo ha sido mínima sino que en muchos casos ha sido incluso negativa.

Diabólicamente, la burbuja financiera, el boom del crédito para todo y para todos, ha logrado hasta finales del siglo pasado los mayores niveles de bienestar percibido de toda la historia de la humanidad y, a la vez,  ha ido devorando a aquellos que aparentemente disfrutaban de ese bienestar cual cáncer silencioso hoy ya sin cura de ningún tipo.

Paradoja económica: sin financiación no hay sensación de bienestar porque no puede haber empleo bien retribuido sin consumo constante y creciente, pero con excesiva  financiación nos inoculamos, voluntariamente o no, un virus letal que acabará matándonos de pobreza.

Quizá Thomas Jefferson tenía razón cuando ‘no dijo’ alguna de las cosas que se le atribuyen, pero seguro que hoy no se hubiera callado y nos diría que la humanidad no puede permitirse que la ya de por sí desigual Ley de Pareto (donde el 80% de la riqueza estaba en manos del 20 % de las personas allá por finales del XIX), acabe balanceando sus porcentajes mucho antes de que finalice este siglo y, por tanto, que el 99% de esa riqueza la tengamos que buscar en las manos de un ínfimo 1% de personas, lo que trasladado a cifras, no dentro de muchos años, podría suponer que unos 80 millones de individuos en todo el mundo conviviesen con más de 7.900 millones de miserables, eso sí, miserables muy, muy cabreados.

Si no cambiamos desde hoy mismo el modelo económico global, racionalizando esa ley de Pareto y haciéndola tender al equilibrio, incluso aún sabiendo que nunca conseguiremos la utopía de que el 50% de la riqueza esté en manos de un 50% de la personas y viceversa,  estaremos condenados a la catástrofe.

Si consiguiéramos que el 65 % de los 8.000 millones de habitantes que un día no muy lejano seremos en este planeta, controlasen, al menos, el 35% de la riqueza, no nos importaría tanto que el resto, los más ricos, unos 2.800 millones de individuos, manejasen el 65% de los recursos de la humanidad.

Es fácil, empecemos por eliminar los paraísos fiscales a nivel mundial y creemos un sistema fiscal planetario que, de forma progresiva, haga que al llegar a un determinado punto de beneficios, la tributación sobre los mismos anule todo incentivo para seguir obteniéndolos.

En pro del bien común, creemos un techo de cristal que, aunque sea alcanzable sólo para unos pocos, nunca nadie pueda traspasar. Consensuemos si es posible, o impongámoslas si hace falta por la fuerza, unas reglas de juego dentro de esa cúpula económica que sean lo suficientemente motivadoras para que todo el mundo quiera jugar en ella con ambición, pero que no permitan a nadie que sus logros vayan más allá de los amplios límites que marquemos.

Seguir como estamos, aunque tengamos la buena voluntad de mejorar lo conocido, nos enfrentará, tarde o temprano, con nuestras peores pesadillas como humanidad. Y esta  raza única que es el hombre, tras muchos años de evolución y de historia, no se merece perder lo que ha ido logrado gracias a su inteligencia y la fe en sí misma, por eso es ahora o nunca, e igual que Jefferson cuando redactó la Declaración de Independencia estaba, sin saberlo, cambiando el mundo, quizá uno de nosotros, también sin ser consciente de ello, esté llamado a salvar a la humanidad. Lo único que le pedimos es que aparezca pronto.