Este pasado mes de julio, en la Universidad de Vigo, tuve la oportunidad de participar en la sesión de los talleres INCUVI titulada "Cómo fracasar y no morir en el intento" organizada por Juan José Romero y Roberto Pérez de la empresa Suma Importancia compartiendo ponencia también con Pablo Conde. Como estas sesiones se graban en vídeo con calidad, me gustaría compartir con vosotros mis reflexiones en el siguiente enlace https://www.youtube.com/watch?v=_iFcuvwmPyw
Y como siempre, si lo consideráis conveniente, difundidlo y compartidlo las veces que queráis.
Muchas gracias por dedicar 30 minutos de vuestro tiempo a escuchar una historia demoledora contada con cierto desparpajo.
En la vida hay que estar siempre dispuesto a empezar de nuevo (decía mi abuelo).
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lunes, 23 de septiembre de 2013
viernes, 6 de septiembre de 2013
LA SOMBRA DEL DESTINO
Lo peor que te puede pasar en la vida es no ser el protagonista de tu propia existencia. O quizá todavía haya algo peor: haber sido protagonista y ahora estar al otro lado del espejo, en un mundo paralelo con apariencia de mundo real.
Mi amigo Moisés Durán en su libro "La sombra del destino" hace un reconocimiento a los héroes silenciosos y me elige a mí (que no soy ningún héroe ni, por supuesto, me gusta estar callado) como hilo conductor de sus metáforas.
Justo antes del Epílogo, una frase entrecomillada avisa a navegantes "Las revoluciones comienzan cuando los amotinados ya no tienen nada que perder" Y yo quiero liderar la revolución en el País de Los que no existen, porque creo que tengo mucho que ganar y porque, habiendo perdido todo lo material, me queda lo verdaderamente importante para iniciar revoluciones: el amor, los sueños, la ilusión para ir a por ellos, la capacidad de aprender y la de enseñar a otros a no cometer mis mismos errores.
Agradezco a Moisés la gran oportunidad que ofrece a mis hijos con su libro para el día en que estos sean mayores: la oportunidad de que puedan conocer otra versión de su padre, una contada por alguien que podría haber hecho libro la vida de muchos otros pero que decidió que yo podía representar una serie de valores más o menos necesarios en el mundo de hoy.
Recuerdo como en el entierro de mi padre pude completar la esencia de su verdadera personalidad que, si bien intuía excepcional, cuando algunos de sus amigos que habían estado con él, en una época en la que yo ni siquiera había nacido, me contaron lo que pensaban y recordaban de su persona, ya no tuve duda alguna de quién había sido.
Gracias a "La sombra del destino" y a Moisés, mis hijos no velarán mi cadáver sin saber que el padre que veían al otro lado del espejo no se metió allí para alejarse de ellos. Sólo confío en no tener que obligarles a pagar mi entierro, porque ya bastante tendrán en ese luctuoso momento con repudiar mi herencia material cargada de deudas.
Mientras tanto, como decía la canción, seguiré viviendo 'a mi manera', en un carpe diem maravilloso que, por lo vivido hasta hoy, siempre ha alimentado mi pasado de buenos recuerdos y de mejores amigos. Amigos como Moisés con los que será un orgullo compartir un trocito de mi 'revolución' a cambio de poder seguir disfrutando de su amistad y de su gran sentido del humor.
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sábado, 27 de julio de 2013
NUESTRO TREN
Mi rutina es siempre la misma,
quizá por eso se pueda llamar así. En la estación de Chamartín tomo un último
café con mi amor y cuando las pantallas anuncian que el tren a La Coruña está ubicado en la
vía 16, nos levantamos despacio, agarramos mi equipaje compuesto por una maleta
grande y una pequeña bolsa de papel con asas y caminamos hasta la puerta del
ascensor que baja al andén. Nos besamos y yo siempre le digo que la quiero y
que sonría, porque puede ser la última vez que nos veamos, a lo que ella
siempre responde frunciendo el ceño con un “no seas tonto, no tiene ninguna
gracia”.
En el andén, ya cautivo de mis
pensamientos, paso el control de equipajes y me dirijo hacia mi vagón de clase turista
que normalmente está en la parte más alejada de la estación, lo que supone una
larguísima caminata para mí y se convierte en una verdadera prueba de
resistencia física para muchos viajeros cargados de equipaje.
Mi maleta, por sus dimensiones,
encaja como un guante en la parte baja del lugar dedicado a equipajes situado
al principio del compartimento y allí la encastro con la falsa sensación de que
no habrá ladrón capaz de hacerla bajar en una estación anterior a la mía aunque
yo no la vigile.
Las maletas de otros pasajeros, especialmente
personas de edad muy avanzada o madres que viajan solas con niños pequeños,
también forman parte de mi responsabilidad ya que siempre acabo ayudándoles a
colocarlas de la mejor manera posible en una demostración de caballerosidad
que, más de una vez, ha tenido consecuencias en mi pobre musculatura. En fin,
es el egoísmo propio del que busca la recompensa del agradecimiento.
Cuando he comprobado más de una
vez que el número y la letra de mi asiento coinciden con los que aparecen en el
billete, suelo tomar posesión rápidamente del mismo. Generalmente viajo en
ventanilla porque me permite utilizar el gancho a modo de perchero que está en
un lateral de la ventana y disponer así de otra falsa sensación de seguridad,
la de que mi documentación guardada en la cartera que, a su vez, descansa en el
bolsillo interior izquierdo de mi chaqueta, no estará al alcance de cualquiera.
Mi bolsa de papel suele contener
un libro, una pequeña libreta, el cargador del móvil y, lo más importante, dos
bocadillos, uno para la comida y otro para la merienda, una o dos botellas de
agua, alguna pieza de fruta y unas onzas de chocolate para endulzar el largo
trayecto.
Si la llamada de la naturaleza o
el nivel de batería del móvil no me obligan a levantarme de mi asiento de
ventanilla, con esta preparación previa, estoy listo para pasarme las próximas
seis horas y media sentado. Si este vagón tuviese enchufes en los asientos, el
factor ‘batería’ quedaría descartado como motivación para abandonar mi asiento
pseudo reclinable, pero lo cierto es que actualmente tanto la necesidad de
electricidad como las otras ‘necesidades’ sólo se pueden resolver en los aseos
del tren.
Antes de que el convoy se ponga
en marcha con puntualidad británica a las 15:00 h, ya estoy dando buena cuenta
de mi primer bocadillo, de ese modo, con el estómago lleno, puedo estar seguro de que cuando el tren pare
en Segovia 30 minutos después de su salida de Madrid, podré relajarme viendo la
primera de las películas que RENFE nos ofrece gratuitamente junto a los
correspondientes auriculares.
Un vagón de clase turista en un
tren de Madrid a Galicia es un crisol de historias muy variopintas, historias
que sin duda son más producto de tu imaginación que de los detalles reales que
sueles percibir, detalles que apenas logran darte pistas para interpretar de
forma coherente lo que hay detrás de tus compañeros de viaje. Todo lo que
percibes cuando ellos hablan por teléfono, comparten algunas impresiones con su
vecino de butaca (sea éste conocido o no), cuando leen un cierto tipo de
revista, se llevan a la boca una especialidad concreta de comida, cuando visten
de una manera o, incluso, cuando deciden voluntariamente quedarse dormidos la
mayor parte del viaje no es suficiente para conocer ni una pequeña parte de su
vida pero a mí me ayuda a imaginar.
Hasta Zamora todo es alta
velocidad, desde allí hasta Orense hay muchos tramos en los que el tren no
consigue darle significado a esa palabra. Pero Orense te libera, te acerca a tu
destino, especialmente cuando vas a La Coruña. Cuando estás allí
parado sabes que “ahora sí”, que la velocidad alta te permitirá en media hora
estar en Santiago y en otra media en la estación de San Cristóbal. Es el
momento en que las más de cinco horas de viaje te pasan factura y te abandonas,
ya has visto las dos películas, has leído, has escrito e, incluso, has
merendado. Sólo piensas en llegar. Viajas en un tren sin enchufes, sin wifi y,
la mayoría del tiempo, sin cobertura, pero aún así intentas ponerte en contacto
con la realidad que está fuera de tu vagón y envías mensajes y correos
electrónicos que suelen dormitar en tu bandeja de salida por muchos kilómetros,
consultas unas redes sociales que te aportan información rancia e intentas
conectarte a Internet sin resultado, llamas a tus familiares y amigos sabiendo
que esas conversaciones serán un cúmulo de cortes y repeticiones de llamadas.
En definitiva, viajas en tren a Galicia.
Te acercas a Santiago, la mayoría
de los viajeros que te han acompañado siguen en el vagón, pocos han sido los
que se han ido bajando en las estaciones anteriores en relación a los que,
ahora sí, ya se ponen de pie para recoger sus cosas y dirigirse hacia la puerta
de salida. Ellos saben que en menos de diez minutos el tren abrirá sus puertas
en Compostela y que, rápidamente, las volverá a cerrar. Tienen que estar
preparados.
Te despides con la mirada de
muchos de ellos, sonríes la ternura de algún niño pequeño y piensas de nuevo en
las historias fabricadas que tu mente no ha sido capaz de completar en las más
de cinco horas que habéis pasado juntos. Quizá haya otra ocasión, otro viaje,
para seguir armando el puzzle de sus vidas.
Vuelves a enredarte en tus
pensamientos, la mente no puede estar inerte, salta de una idea a una sensación,
de un recuerdo a una esperanza y, de repente eres consciente de que tras una
próxima curva y un pequeño túnel llegaremos a Santiago. La rutina, lo habitual
de tantos viajes.
Pero el viaje del día 24 de julio
no fue un viaje cualquiera, ese día nada sucedió como tenía que suceder. El día
24 se completaron en apenas 10 segundos 78 historias imaginadas. Con un punto y
final inesperado, dando un carpetazo a la vida, esas historias pasaron a formar
parte de la Historia
de España sin permiso, de forma tan injusta como inesperada.
Yo no estaba allí, pero tengo la
sensación de que parte de mí viajaba en ese tren. Y siento también que la vida
me ha dado otra oportunidad para seguir siendo feliz, la maravillosa
oportunidad de llamar al amor que hay en mi vida y poder decirle una vez más
“Hola cariño, ya he llegado. Te quiero”
*Escrito
el 26 de julio de 2013 en homenaje a las víctimas del
accidente de tren Madrid-Ferrol.
lunes, 1 de julio de 2013
GALATEA *
El mito del emprendedor, la mitología del emprendimiento.
No se trata de crear nuestra Galatea, pero sí de encontrar
algo que se le parezca lo máximo posible, varias veces, las veces que haga
falta.
El emprendedor, cual Pigmalión, sueña con una empresa capaz
de hacerle feliz, un lugar en el que el éxito económico y el placer de trabajar
se combinen el máximo tiempo posible.
La realidad que suele encontrarse es otra: si emprende algo
que le hace feliz puede que no sea sostenible a largo plazo o que, simplemente,
no satisfaga sus expectativas de beneficio económico razonable. Si es muy
rentable a corto puede que no tenga nada que ver con su felicidad y que, a
medio plazo, cuando el negocio deje de serlo, al emprendedor no le quede nada a
lo que agarrarse.
Muy pocas veces los ‘dioses’ se apiadan del emprendedor
concediéndole cumplir su sueño y haciéndole ganar mucho dinero en un negocio
que sea fuente de felicidad duradera.
El enfoque emprendedor deberá ser otro, deberá alejarse del
mito a largo plazo porque lo único que conseguirá es enamorarse de una estatua
que nunca cobrará vida por mucho que sueñe.
Se trata de ‘esculpir’ una Galatea tras otra, sin
enamorarse de ninguna de ellas, se trata de crear una empresa equilibrada,
donde felicidad y rentabilidad estén presentes en dosis aceptables, se trata de
dejar marchar a una Galatea cuando notemos los primeros signos de agotamiento,
se trata de prepararnos para recibir a una nueva Galatea que nos lleve de la
mano hasta la siguiente.
Seremos emprendedores sucesivos por necesidad, capaces de
reinventarnos para sobrevivir a nosotros mismos, a la desidia, a la displicencia, al hastío. No dispondremos de grandes
cantidades de dinero con las que podamos comprar el derecho a llamarnos
inversores, nuestro tiempo estará limitado a 86.400 segundos diarios con los
que, por mucho que lo intentemos, no lograremos trabajar con éxito en más de
dos proyectos empresariales al mismo tiempo y, por eso, nunca seremos multiemprendedores
aquí y ahora.
Seremos monógamos sucesivos por necesidad, observaremos la
poligamia emprendedora instalados, si cabe, en un concubinato ocasional con
algún negocio al que no podremos atender como “manda la ley”, y deberemos estar
preparados para asumir todo ello.
Viviremos más y deberemos trabajar mucho más tiempo, seamos
emprendedores precoces o tardíos tendremos que adaptarnos, cambiar de Galatea
las veces que haga falta, aprender a gestionar el fracaso (probablemente un
hecho objetivo mucho más recurrente en nuestra larga vida empresarial que la
fútil sensación de éxito).
Empecemos por tanto hoy mismo a esculpir nuestra próxima
Galatea, enamorémonos de cada golpe de cincel y del polvillo que se fundirá con
el sudor de nuestro rostro. Disfrutemos con la
imperfección de la obra y hagamos que el mercado valore cuanto antes sus
atributos y su belleza intrínseca aún sin pulir.
Emprendamos sin que la incertidumbre sea un lastre, al fin
y al cabo ya sabemos que, tarde o temprano, tendremos que emprender de nuevo.
Enamorémonos mucho más de la idea de emprender que del
sueño de un emprendimiento perfecto que nunca existirá, o que, por etéreo,
apenas podremos disfrutarlo un leve instante antes de ver como se volatiliza
ante nuestros ojos inundados de lágrimas y mitología.
*Pigmalión, rey de
Chipre, buscó durante muchísimo tiempo a una mujer con la cual casarse. Pero
con una condición: debía ser la mujer perfecta. Frustrado en su búsqueda,
decidió no casarse y dedicar su tiempo a crear esculturas preciosas para
compensar la ausencia. Una de estas, Galatea,
era tan bella que Pigmalión se enamoró de la estatua.
Mediante la intervención
de Afrodita, Pigmalión soñó que
Galatea cobraba vida. En la obra Las
metamorfosis, de Ovidio, se
relata así el mito:
Pigmalión se dirigió a la
estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se
ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la
cera del monte Himeto se ablanda a los rayos del Sol y
se deja manejar con los dedos, tomando varias figuras y haciéndose más dócil y
blanda con el manejo. Al verlo, Pigmalión se llena de un gran gozo mezclado de
temor, creyendo que se engañaba. Volvió a tocar la estatua otra vez y se
cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al
explorarlas con los dedos.
Al despertar, Pigmalión
se encontró con Afrodita, quien,
conmovida por el deseo del rey, le dijo "mereces la felicidad, una
felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has buscado.
Ámala y defiéndela del mal". Y así fue como Galatea se convirtió en
humana.
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viernes, 21 de junio de 2013
Hablando en RTVE de Emprendimiento Responsable
Querían a alguien que hablase en primera persona de la parte 'oculta' de emprender y encontraron mi libro.
Muchas gracias a Armando López , Director de "La Lanzadera" en Radio Exterior de España por haber tenido la paciencia de buscarme y de leerme.
http://media3.rtve.es/resources/TE_SLANZAD/mp3/9/1/1371796225019.mp3
Muchas gracias a Armando López , Director de "La Lanzadera" en Radio Exterior de España por haber tenido la paciencia de buscarme y de leerme.
http://media3.rtve.es/resources/TE_SLANZAD/mp3/9/1/1371796225019.mp3
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